Sobre la crisis intergeneracional o de las mezquindades reminiscentes

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La idea de que la edad no importa es totalmente errada. La edad importa para todo. Y es que es impensable que no importe cuando es precisamente el tiempo que pasa entre el momento en que nacemos y el momento en el que morimos al que llamamos vida. La vida en su sentido biológico no es más que eso. Un tiempo, en el que por alguna razón que todos desconocemos y que eventualmente puede que descubramos, salimos de la nada convertidos en seres sintientes, con capacidad de desarrollar pensamiento, movilidad, impacto en el mundo y en otros. 

Tal es la importancia de la edad, que Adam Smith en su libro: Teoría de los Sentimientos Morales, señala que la verdad es legítima cuando es auténtica, que cuanto más propia y personal más verdad es, que esta se construye a través de la experiencia y las vivencias de cada uno; en otras palabras, que cada persona construye sus propias verdades, porque no hay nada más cierto para uno que lo que uno mismo vive y experimenta. Es por eso que las verdades al depender de las experiencias de uno, varían irremediable y totalmente de acuerdo al tiempo que lleve uno viviendo, esa es la medida incontrovertible de la existencia. 

La edad permite medir de forma simple y sencilla qué tanto tiempo uno ha tenido para construir sus propias verdades y siquiera para ser consciente que es necesario construirlas. 

El derecho ha entendido esa realidad irrefutable, y es por eso que se establecen disposiciones legales que señalan prohibiciones explícitas de actos y tipos de relacionamiento entre seres humanos, única y exclusivamente basándose en la edad de los implicados. 

Sin embargo, y como desafortunada muestra de lo que nos caracteriza como especie, ni siquiera teniendo el tiempo suficiente para construir nuestras propias verdades lo hacemos. Ni teniendo el tiempo suficiente para desarrollar nuestro intelecto lo hacemos, ni contando con toda la información necesaria para analizar de forma sensata e inteligente nuestra realidad, lo hacemos. La estupidez, característica intrínseca de todo ser humano, nos puede una vez más. Y no hay muestra más fehaciente de esto que las personas mayores. 

Si hay algo que es cada más evidente, es que una de las crisis más desafiantes que enfrentamos en la sociedad actual es la intergeneracional. Esto seguramente porque como pocas veces en la historia de la humanidad, los cambios tecnológicos, culturales y sociales nos han llevado en una ola inmensa de Tsunami que nos ha hecho sentir elevados, sólo para luego estrellarnos contra el suelo y hacernos ver que el tema de la modernización sin modernidad es mucho más complejo y profundo del que estamos dispuestos a aceptar. 

Sin embargo, es preciso decir que esta crisis no es en lo absoluto producto de la era contemporánea, esto ha existido por siempre, desde el primer homínido que piso este planeta; lo que pasa es que ahora es mucho más evidente porque la tecnología nos hace darnos cuenta cada día que las diferencias entre las diferentes generaciones parecen ser abismales.

El hecho es que el ser humano batalla por instinto para primero no morir, pero además también, siendo un ser en esencia social, para no dejarse quitar su lugar en la sociedad. Lo último que queremos los seres humanos es sentirnos inútiles, así lo seamos, sin embargo, la triste realidad es que entre más tiempo pasa más inútiles nos volvemos en todos los sentidos. Es la dureza de la vida. Lo curioso es que como pasa con muchas otras cosas, los seres humanos preferimos casi siempre mirar para otro lado cuando de reconocer nuestras limitaciones y falencias se trata. Y ahí es cuando se evidencia una de las consecuencias más fuertes de la inevitable y cada vez más dramática crisis intergeneracional que vivimos: Buscar a como dé lugar mantener un lugar en la sociedad así eso signifique condenarla al atraso. 

Y es que esta reacción dramática y tan común, se agrava cuando esas personas que ya llevan un buen tiempo en este mundo, se empiezan a dar cuenta de la cantidad de errores que han cometido en el pasado, la cantidad de fracasos que acumulan, la cantidad de heridas que han causado, la mediocridad en la que han vivido y lo poca o nula capacidad de adaptación que tienen. 

Como todo ser humano que se respete, estas personas tienen gran temor de reconocer sus fallas y su fracaso en hacer del lugar en el que han existido, uno decente. Y es que sólo hace falta echarle una mirada al tipo de país, y en general al tipo de mundo en el que vivimos, para darnos cuenta que todas las generaciones de seres humanos que han pasado por él, han fallado estrepitosamente en hacerlo un lugar digno. Seguramente entre reproducirse y no morirse de hambre, hombres y mujeres han estado muy ocupados como para pensar qué tipo de mundo es el que han labrado y que tipo de existencia es la que nos hemos impuesto nosotros mismos. ¿Entre tanto árbol pues cómo se supone que veríamos el bosque?

Juventud divino tesoro que muchos malgastan sin siquiera darse cuenta. Lo más triste de la historia es que en muchas ocasiones son viejos los que hacen que los jóvenes boten su juventud al abismo. El mejor ejemplo de esto es la guerra. Y esta es muestra de la mezquindad de la que adolecen muchos que ya han tenido tiempo suficiente para darse cuenta que la forma más cómoda y eficiente de librar una guerra es hacer que otros pongan el pellejo y se maten en ella. Ya lo decía Erich Hartmann, quien fue soldado: “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan” (1).  

No hay escenario que acabe más con la inocencia y la dignidad de un ser humano que la guerra. Y si hay algo más mezquino que apoyarla es apoyarla sabiendo que quién va a estar en el campo de batalla no es uno. Aún a pesar de eso, la guerra sigue y seguirá siendo una de las actividades preferidas del ser humano, no hemos sabido que hacer con nuestra existencia por lo que nos sigue pareciendo buena idea acabar con la de otros. 

Lo que mucho se olvida es que la guerra a diferencia de otro tipo de actividades humanas, jamás está al servicio del ser humano. La guerra por su misma naturaleza, por ser al mismo tiempo la negación de la dignidad y de la vida, vuelve a quienes se involucran en ella esclavos de la misma. La especie humana que es fanática a morir de matarse entre ella, se labró precisamente así, a punta de sangre y fuego, priorizando la confrontación violenta, eliminando al otro, exterminando lo que no entiende, arrasando con todo. Y pareciera estar en nuestra psiquis.

Pero bien lo señala Martha Nussbaum en su libro: Sexo y Justicia Social (1998): De pensar que las tradiciones son todas buenas seguiríamos viviendo en las cavernas. No hay por lo tanto nada que se oponga más a la evolución y al desarrollo del ser humano que luchar por hacer vigente el pasado en el presente, que buscar que las cosas se mantengan igual o que sean como antes, y en particular, defender un status quo como el actual, paupérrimo por decirlo menos. El problema es que como excelentes seres humanos, los que ya llevan aquí su buen tiempo prefieren siempre malo conocido que bueno por conocer. Y esto se aplica para todo. 

No obstante, esa idea es una generalidad en el ser humano, la cual no está determinada por la edad sino por su naturaleza. El hecho es que las personas tenemos un miedo innato a lo que desconocemos. Esto seguramente está fuertemente relacionado con el instinto de supervivencia; lo irónico es que de tanto miedo a lo que no conocemos hemos terminado por contradecir la finalidad de ese mismo instinto y amenazar nuestra propia existencia. Esto se evidencia en el amor por la guerra. 

La estupidez del ser humano es infinita y con tal de que no lo saquen de su zona de confort prefiere seguirse matando que dejar de hacerlo. Y si hay alguien que lo dude que venga a Colombia. Para mí no hubo día en el que más corroborara lo que aquí escribo que cuando fui testigo electoral en las pasadas elecciones presidenciales del 2018. Lo fui en un puesto de votación medianamente grande, con aproximadamente 13 mesas, en el que como en todos, las cédulas se distribuyen en cada una según el número. Las primeras mesas tienen las cédulas con los números más pequeños (personas mayores) mientras que las últimas tenían las cédulas con los números más grandes (personas jóvenes). La conclusión saltaba a la vista y se constató en el conteo de votos, en la segunda vuelta, mientras que el 80% de los ancianos votaba por Duque, el 80% de los jóvenes votaban por Petro. 

Muchos venerables ancianos llegaban desde tempranas horas de la mañana a depositar sus votos y escoger así el conocido y reconocido camino en Colombia de labrar todo a punta de sangre y fuego, priorizando la confrontación violenta, eliminando al otro, exterminando lo que no entiende, arrasando con todo. 

Estos honorables abuelos que seguro querrán mucho a sus nietos, no tuvieron el menor reparo en votar porque sus propios nietos y los nietos de otros se maten entre ellos. Pero pues cómo vamos a culpar a estos respetables adultos mayores que nacieron en un país que no se ha dedicado a otra cosa que hacer la guerra. No saben lo que es vivir en paz, porque desde que vinieron los españoles a masacrarnos y exterminarnos desde 1492 y luego con la mescolanza que quedó hacer un intento de República, no hemos hecho otra cosa que matarnos entre nosotros y hacer todos los méritos para ser una Patria Boba. 

Estos colombianos que han vivido tantos años en este país, no saben cómo es vivir en paz, qué se siente, y mucho menos cómo se llega a ella. Lo triste es que tampoco les interesa saber. La fórmula que aplicamos en este país es poco novedosa y es la que caracteriza a la especie humana. Si no entendemos algo, si no lo conocemos, lo mejor es eliminarlo. 

Pero esto tampoco es sólo un rasgo de estos honorables colombianos mayores, en Alemania pasa exactamente lo mismo. Yo que tuve la oportunidad de hacer mi maestría y vivir dos años allá, también lo corroboré con mis propios ojos. Ver eso siempre es doloroso y verlo en uno de los países más desarrollados del mundo lo aterriza a uno a la realidad y al tergiversado y maniqueo concepto que tenemos de desarrollo. En Alemania no hay personas más fascistas, ni racistas, ni belicosas que los ancianos, y si viven en Alemania del Este, peor. Porque sí, aún hoy sigue habiendo dos Alemanias. Pero pues no hay tanto de lo que extrañarse, hasta hace sólo 80 años el régimen alemán con apoyo de la gran mayoría del pueblo, enviaba a cámaras de gas a hombres, mujeres y niños, no sin antes torturarlos, explotarlos, robarlos, experimentar con ellos y  denigrarlos de formas inenarrables. 

Es por esto que la guerra sin importar lo evolucionado que se proclame un pueblo, sigue siendo un rasgo humano muy humano. Empero, nunca es tarde para salir de esa caverna en la que llevamos metidos toda nuestra historia sobre este planeta. Las generaciones jóvenes no pueden seguir librando guerras que no son de ellos, por darle gusto a personas que ya tuvieron suficiente tiempo para hacer las cosas de otra manera, matarse entre ellas y darse cuenta que no es la salida. No hay razón alguna para se sigan sacrificando jóvenes por viejos que viven a expensas de sus vidas. No es ético, no es lógico, es estúpido. Parir hijos para la guerra es absurdo. 

La lucha por la dignidad humana es larga y eso incluye luchar contra todo eso que nos quiere anclar al pasado, a lo ya conocido, a lo que ya fue, y es una lucha que toca dar en todos los espacios, eso incluye los laborales, culturales, académicos, espirituales, afectivos y mentales. 

Las personas que llevan mucho tiempo aquí patalearán, se quejarán, juzgarán y opondrán toda la resistencia que puedan porque la condición humana es así. La grandeza no nos caracteriza y mucho menos el aceptar que nuestro tiempo ya pasó y que ahora los protagonistas son y tienen que ser otros. Es natural. Para allá vamos todos, la esperanza es que nos parezcamos cada vez menos a lo que hemos sido y empecemos a dar pasos a eso que nos dijeron que éramos pero que poco demostramos ser. 

Es vital que las reminiscencias no nos sigan quitando la posibilidad de construir nuevos recuerdos, que el pasado no nos siga dejando sin futuro y que la senectud no nos siga arrebatando la juventud. Ya que osaron traernos a este mundo, lo mínimo es que nos dejen cambiarlo.

Referencias

(1) https://suplesnet.wordpress.com/2016/05/12/erich-hartmann-la-guerra-es-un-lugar-donde-jovenes-que-no-se-conocen-y-no-se-odian-se-matan-entre-si/comment-page-1/

Caída perpetua

Pasan impasibles los días con sus noches
Pensamos que lo vivido antes nos servirá ahora 
Perdemos de vista los dolores y los reproches 
Creemos que a cada cual le llega su hora  


Nuestras penas nos parecen eternas 
Olvidamos que en la vida todo es temporal 
Nos acostumbramos a la vileza que nos gobierna
Para nosotros el sufrimiento ajeno es superficial


No sabemos qué hacer con el tiempo 
Andamos a toda prisa hacia ninguna parte 
No sabemos qué hacer con el pensamiento
Creemos que todo se arregla con un punto y aparte 


Nos quejamos de la maldad ajena 
Incapaces de reconocer nuestra podredumbre 
Mientras que el dinero nos aliena 
No hay nada que nos diferencie de la muchedumbre 


Dividimos el mundo entre buenos y malos
Todos víctimas del mismo daltonismo 
Incapaces de ver lo grises que somos los humanos 
Lo cerca que está cada uno del abismo 


Nuestra vida se ha vuelto una caída perpetua
Un eterno retornar a nuestras miserias 
Un matar y matarnos sin ninguna tregua 
Un dejar a los mejores en las periferias 


De qué sirve vivir si no es para adquirir experiencia 
Hacer todo lo posible por invertir la caída 
De qué sirve respirar si no es para desarrollar inteligencia  
Entender los fracasos propios y su alegoría 


Perdimos lo único que nos quedaba, la vergüenza 
Nos da lo mismo que todos vean nuestra mediocridad 
Escondemos detrás de palabras vacías nuestra bajeza
No nos sonrojamos ante nuestra mezquindad 


Mientras los hombres se han ocupado en matar y morir 
Cegados por sus egos, sus inseguridades y sus miedos 
Las mujeres se han ocupado en embarazarse y parir 
En medio de la misoginia, la misantropía y los credos 


Se enaltece hipócritamente el concebir hijos 
En un mundo lleno de gente que se odia a sí misma y a otros 
Que detesta a los niños y a los jóvenes prolijos 
Que vive bajo la tiranía de adultos y ancianos oprobiosos 


No ha habido tiempo de construir un mundo decente 
Entre las guerras, el poder y el buscar con qué comer  
Todo lo que se ha logrado es un remedo de vida deprimente 
En la que no hay espacio para conmoverse ni leer 


Nuestra caída seguirá hasta que no enfrentemos la necesidad
De ver a las personas siempre como fines nunca como medios 
Hasta que no pongamos el sistema al servicio de la humanidad 
Hasta que nos concentremos en las causas igual que en los remedios 


Mientras se idolatre la riqueza material y la apariencia 
Se menosprecie la amistad y el arte 
Mientras se glorifique la competencia desleal y la influencia 
La vida seguirá estando en otra parte 

Vida límite

Hay muchas cosas que uno sólo entiende realmente cuando las vive. Creo que es una de las características propias de nuestra naturaleza humana. Creo también que de ahí la importancia que tiene la empatía y la compasión, son las únicas herramientas con las que contamos para acercarnos al conocimiento sobre los otros, sobre sus realidades, para descubrir este mundo, la vida, lo que somos, lo que podemos ser, para hacernos realmente inteligentes, para darle sentido a este sin sentido que nos rodea. 

Como señalé en una de mis entradas anteriores llamada Sobre la crisis intergeneracional o de las mezquindades reminiscentes, haciendo referencia a Adam Smith y su análisis sobre la experiencia y la verdad en su libro Teoría de los Sentimientos Morales, lo que contaré a continuación es mi experiencia, mi verdad sobre una época de mi vida en la que viví, observé y sentí de cerca la pobreza y la exclusión en este país. Y aclaro en este país, porque no es lo mismo ser pobre y excluido en Colombia, que serlo en EE.UU o en Alemania.     

En el segundo viaje que hice a Colombia mientras hacía mi maestría en Alemania, decidí irme a vivir a Soacha. Para quienes conocen este municipio saben que su nombre trae inevitablemente la idea de exclusión, dificultad, cantidades abrumadoras de personas, marginalidad, víctimas de la violencia y en particular, pobreza. 

Mi decisión estuvo atravesada por el trabajo con mi fundación Red-Nación, la cual creamos con varios compañeros de mi universidad y que tenía su centro de operaciones allá. Mi idea era continuar el trabajo que había empezado apenas me había graduado del pregrado y que tuve que detener mientras hacía mi maestría, pero que volvió a mi con fuerza luego de ganarnos el segundo lugar del Commitment Award (Premio al Compromiso) entregado por mi escuela en Alemania y por Amnistía Internacional. Para mí ese premio fue el mejor aliciente, sobre todo porque durante dos años trabajamos literalmente con las uñas: Todos mis ahorros se fueron en la organización de jornadas jurídicas a población víctima, en la entrega de regalos a niños en navidad y en jornadas de salud.

Jamás olvidaré que un día antes de una de las pocas jornadas de salud que logramos hacer, todavía no teníamos un sólo médico porque ninguno quería hacer trabajo voluntario, todos los afiches que puse en la facultad de medicina de mi universidad convocando no habían logrado interesar a nadie. Me tocó a las 10 de la noche y a punta de citófono en el conjunto donde vivía en ese entonces, llamar a los médicos conocidos por vecinos y decirles que les pagaba a cada uno $50.000 por la jornada. Afortunadamente logré conseguir tres. Además de conseguirlos, tenía luego que lograr encaramarlos en Cazuca, esa montaña empinada, árida y lejana donde era la jornada. Jamás olvidaré lo que significó subirlos en uno de esos buses que desafían la gravedad, completamente destartalados y en los que uno durante todo el trayecto ruega que tenga frenos. Mientras pasábamos los abismos de esa vía pendiente, sin pavimentar, curva y angosta, yo rogaba que no nos fuéramos por uno de esos abismos, más que por mí, por esos pobres médicos recién graduados que no sabían bien en qué se habían metido. De forma milagrosa logramos hacer que a casi 70 personas, entre niños, adultos y ancianos los vieran médicos titulados y hasta uno ‘’alternativo’’ que era realmente un viejito medio hippie y medio loco que se unió a la jornada y que también conseguí a última hora en un bar del Chorro de Quevedo en Bogotá, la noche anterior. 

Lo otro que atravesó esa decisión fueron los casi 7 años que en ese momento llevábamos con mi novio; tocaba moverse y aunque no estaba convencida decidí dar el paso, con todo y la catástrofe que eso significó para mi familia. Él siempre había vivido en Soacha y trabajaba allá, entre los dos habíamos constituido la fundación y fue por su trabajo con ACNUR en el barrio La Isla en Cazuca que surgió la idea de crearla. 

Por todo esto yo a Soacha ya la conocía, pero así como a uno le pasa en una relación, uno no conoce realmente a nadie hasta que se va a vivir con él, en este caso, hasta que me fui a vivir en ella. 

El primer lugar al que llegamos a vivir fue un barrio que se llama León XIII, es un barrio colindante con la localidad de Bosa, allí no se sabe dónde termina Bogotá y dónde empieza Soacha. Era un barrio (yo creo que todavía lo es) de calles sin pavimentar, donde hay que estar echando baldes de agua en los días calurosos para controlar un poco el tierrero (que son la mayoría; Soacha tiene un clima mucho más árido y seco que Bogotá) y  para que uno no trague mugre y polvo todo el día. Para una persona como yo, que sufre de rinitis y que desde pequeña sufrí de los bronquios, era más o menos como el peor lugar para vivir… pero bueno, allá estaba. 

El apartamento donde vivíamos era particular, la cocina quedaba afuera de él, era una cocina donde no había estufa, tocó comprar una eléctrica, no teníamos nevera, no habían cajones, todo se componía de un mesón de cemento y baldosa abierto donde poníamos la comida. 

Por dentro el apartamento eran dos espacios, uno la sala y el otro la alcoba sin puerta, el baño tampoco tenía puerta sino una cortina. No había agua caliente, yo me acostumbré a bañarme con agua fría. No teníamos más muebles en la sala que el escritorio de él y una silla y en la habitación una cama doble y un tocador junto con un pequeño televisor. Yo no tenía trabajo en ese momento porque estaba haciendo mi maestría y tenía que volver a Alemania, quien trabajaba era él como enlace de Familias en Acción y aunque trabajaba muchísimo no le pagaban porque había un problema administrativo y más o menos trabajaba gratis, el alcalde le decía que pronto lo solucionaría pero los días pasaban y pasaban y nunca le pagaban. Nuestro único colchón financiero era la beca que me habían dado en Alemania y de la que todavía me quedaba algo. Así como nos tocó con la fundación antes nos tocaba ahora, la diferencia es que no hacíamos maromas para hacer jornadas sino para pagar las cuentas y hacer mercado. 

El arriendo eran como 200 mil pesos, ya no lo recuerdo bien, y eso incluía los servicios. La casa donde estaba el apartamento era de un señor amigo de él que un día cualquiera me hizo la pregunta del millón: ¿Por qué llegó de Alemania para venirse a vivir acá? Yo le hablé de la fundación, de mi tesis de maestría que fue sobre pobreza extrema y desplazamiento forzado, y de la cantidad de personas a quienes quería y que vivían en Soacha; creo que jamás fue comprensible para él. No lo culpo. 

Al frente de nosotros vivía una familia compuesta por los papás y 3 niños. El padre era pizzero, tenía jornadas de trabajo supremamente largas, rara vez se le veía, la esposa estaba todo el día en ese apartamento con los niños. Aunque ellos a todas luces tenían más dificultades que nosotros, tenían algo que nosotros no teníamos y que yo extrañaba todos y cada uno de los días de mi vida allá: una nevera. Sin nevera la vida es muy difícil, es peor no tenerla que no tener lavadora, que sobra decir tampoco teníamos. Yo la ropa la lavaba a mano y en unos baldes y canecas que ponía en la ducha. No teníamos tampoco lavadero. Algunas veces llevaba la ropa donde los papás de él que vivían cerca, que valga decir era como si fueran los míos, por ellos fue que yo empecé a amar a Soacha, por ellos es que siempre diré que allí conocí a las mejores personas que he conocido en mi vida. En muchos aspectos y con dolor debo decir que muchas veces se portaron mejor que mi propia familia, el papá de él fue más papá que el mío, fue él mi codeudor de Colfuturo, la entidad que me otorgó el crédito beca para ir a hacer mi maestría en Alemania. Sin su ayuda yo no habría hecho mi maestría. Sin importar nada siempre los amaré. 

Como la cocina era abierta, no había cajones ni puertas, la comida estaba siempre a la vista, de un momento a otro empecé a darme cuenta que los paquetes donde estaban mis Gansitos (me gustan mucho) y mis barras de Chocorramo (los compro cuando no consigo Gansitos) misteriosamente terminaban abiertos y uno o dos faltaban, era claro que eran los niños de en frente, ya después de un tiempo en vez de comprar un paquete empecé a comprar dos. 

Como no había nevera tenía que salir a hacer mercado todos los días, eso sí era un poco un suplicio: Tenía que cargar sola con bolsas, salir al tierrero de en frente, caminar unas cuantas cuadras y hacer maromas para abrir la puerta al volver. La señora a la que le compraba las verduras y las legumbres me caía bien, era una señora mayor, visiblemente de origen campesino, siempre estaba con la ropa llena de tierra; un día cualquiera (vaya a saber qué cara llevaba yo y qué le habría pasado a ella) me dijo: “La vida es muy dura” yo asentí mientras la miraba y escogía los tomates y las papas. El que sí me caía bien mal era el de la carnicería, era un man con complejo de galán que cada vez que yo iba me coqueteaba, un día me dijo que por qué era tan seria y por qué no le hablaba, que si era que me pegaban si me veían hablando con él, yo le contesté que nadie me pegaba, que a ninguna mujer nadie debería pegarle y que yo hablaba con quien consideraba podía tener una conversación existencial interesante… santo remedio, no me volvió a hablar. 

Mis vecinos eran personajes variopintos, a un lado vivía un paramilitar que todo el mundo respetaba bastante y que parecía querer dejar su pasado atrás (lo cual en un contexto en el que todo el mundo lo conoce es más bien imposible) y al otro lado vivían unos zorreros que empeñaban el equipo de sonido cada semana y que el fin de semana recogían para hacer fiestas a todo volumen, eran legendarios, un viernes en la noche se enfrentaron a tiros con la policía que había llegado por las quejas por el volumen de la música, recuerdo haberme botado al piso (estaba sola en el apartamento) y haber decidido que iba a irme de ese lugar cuanto antes. Además, porque era un martirio llegar a la entrada de donde yo vivía y tener que ver siempre el mismo caballo famélico y maltratado que ni levantaba la mirada. Ese era todo un aspecto que hacía la vida en Soacha insufrible para mí, ver la cantidad de perros callejeros y de caballos de zorras. No puedo describir el peso que sentía por ver a cada cuadra decenas de perros flacos, buscando entre la basura, siendo pateados por personas, casi atropellados por los carros y ver caballos como mi vecino, sin poder hacer mayor cosa porque no había ni con quien quejarse y yo a duras penas tenía para hacer el mercado de la casa.

Lo más lindo de vivir allí era lo cerca que estaba de mis suegros, me quedé anteriormente en lo mucho que los quería, en lo mucho que los quiero todavía. Era imposible no hacerlo. En mi casa, de los 7 años que duré con mi novio de ese entonces, lo quisieron los primeros 3 meses, así que se podrán imaginar cómo fue el resto, sobre todo teniendo en cuenta que mi mamá era capaz de simular un infarto (lo hizo) por el hecho de yo quedarme con él. Por todo eso cada cosa relacionada con él era una pelea con mi mamá, un completo drama. La mamá de él hasta llegó a hacerme cuarto con la mía, siempre me decía que no importaba lo que pasara con su hijo, que siempre seríamos amigas, así es. El papá de él me trataba como la hija que no tuvo, es el hombre más dulce que he conocido. Yo en ese hogar encontré cantidades inimaginables de amor, de cuidados, de alegrías, de cariño y de enseñanzas, si algo le agradezco a la vida es haber tenido la oportunidad de sentir ese amor profundo y filial que con tristeza debo admitir me hacía falta en muchas ocasiones en mi propia casa. Escribir sobre ellos me honra y me conmueve profundamente, me siento infinitamente afortunada de haber sido parte de su vida y de su familia. 

El dicho “A dónde vayas has lo que vieres” no es en Soacha cuestión de cordialidad, es más cuestión de supervivencia. Como en ningún otro contexto aprendí la importancia de adaptarse, de camuflarse, de interpretar formas de andar, de leer gestos, sonidos, gracias a Soacha aprendí a distinguir a lo lejos formas de caminar de quién es un “ñero” de cuidado (no todos lo son) a distinguir silbidos que son señas para robar y llamar a los cómplices, a leer calles, luces, oscuridades, posibles refugios o vías de escape. No hay forma de aprender eso que no sea viviéndolo. Es curioso pero había una parte de adrenalina divertida en eso, sobre todo porque adaptarse significa también volverse uno parte del entorno, en este caso actuar como actúan ellos, y para repeler ñeros lo más efectivo es hacerse ver como un ñero más: Caminar después de cierta hora y por ciertas calles con un buzo ancho de capota, caminando rápido pero no demasiado, mirando cada esquina, observando quién anda por ahí pero sin mirar nadie directamente a la cara, y lo más importante, llevar zapatos cómodos porque si toca correr, toca hacerlo como el viento. Todo un arte. 

Afortunadamente jamás me pasó nada viviendo en Soacha, lo más impactante fue una vez cuando ya vivía en San Mateo (lo que hasta hace 20 años era lo más “play” de Soacha, ya no lo es) llegando de la estación del Transmilenio a Unisur, el centro comercial del sector, un hombre con un arma empezó a dispararle a alguien que entraba a ese centro comercial, recuerdo haber corrido a esconderme detrás de las columnas del puente peatonal que acababa de pasar y de ver impresionada la pasividad y la tranquilidad de las personas alrededor que ni siquiera se escondían sino que buscaban mirar lo que pasaba y seguir como si nada por su camino.

Obviamente no todo era malo, amaba la facilidad en la que conseguía galletas de panadería (hay una en cada esquina) en esa época (hace 6 años) conseguíamos buenos almuerzos a $5000, hacer mercado de plaza es muy barato, la gente es en general amable y alegre (le sacan chiste a todo), si uno ama la música ranchera y mexicana es como el cielo (aprendí a quererla y a disfrutarla) y había un lugar que yo amaba (no sé si todavía exista) donde ponían muy buena música, vendían cerveza alemana y no era caro, se llamaba Tangamandapio (como el pueblito de donde era el cartero de El Chavo). 

Mi paso por ese municipio no fue largo pero sí fue muy significativo para mí. Aprendí a respetar y admirar las formas de vida de cientos de miles de personas que a pesar de tener todo en contra, logran todos los días sacarle pequeñas victorias a la vida que no son por ello poco importantes. Por alguna extraña razón, a donde quiera que voy termino conociendo personas que son de allá o que viven allá y con quienes me es muy fácil entablar amistad y profundo cariño. Creo que hay un hilo invisible que me une con ese municipio, un hilo tejido entre el destino, la suerte y el amor.

Creo que Soacha es muestra de todo lo malo y todo lo bueno que se da en este sufrido rincón de tierra que es Colombia. Creo que como en muchas otras partes de este país, confluyen de forma mágica el sufrimiento con las sonrisas, la fiesta con la violencia, la esperanza con la exclusión, la pobreza con la generosidad, la honestidad con la corrupción, las ganas de vivir con la negación de la vida digna, la pelea perpetua contra un Estado y una sociedad que no se cansan de excluir y de invisibilizar a personas que no se cansan de trabajar, de vivir y de luchar. 

Soacha es un poema a la constancia, un grito rebelde a la hipocresía, un canto potente a la vida, donde esta tiene más sentido que en muchos otros lugares en los que se tiene todo. 

Para que conozcan con mayor detalle el trabajo que adelantamos con nuestra Fundación Red-Nación, les comparto los videos que elaboré para mostrar nuestra labor en el marco del Premio al Compromiso (Commitment Award) que nos fue otorgado en el año 2012 por mi Escuela de Política Pública Willy Brandt de la Universidad de Erfurt, Alemania, y la organización Amnistía Internacional

https://www.youtube.com/watch?v=e5UZTW6LPQI
https://www.youtube.com/watch?v=eqcCpmtD1ak&t=346s

Intrascendencia

Ya no espero que llames 
Ya no espero que vuelvas
Yo espero que te pierdas
en la bruma de tu incoherencia
en la trampa de tu falsa belleza
en el túnel de tu perdida inteligencia

Yo no espero que entiendas
Yo no espero que atiendas
Yo espero que te mientas
con la más absoluta complacencia
mirándote a la cara sin vergüenza
sucumbiendo a la más descarada indecencia

Yo no espero que crezcas
Yo no espero que aparezcas
Yo espero que desciendas
a las profundidades de la inminencia
al oscuro inframundo de la abstinencia
al abismo de la absoluta consciencia

Yo no espero que leas
Yo no espero que veas
Yo espero que escamotees
con habilidad infinita tu impertinencia
con ceguera aprendida tu condolencia
con palabras fáciles tu inclemencia

Yo no espero que fluyas
pero tampoco espero que sufras
Sólo espero que huyas
de la miserable condescendencia
de tu impostada autosuficiencia
de tu siempre tóxica dependencia

Yo no espero que lo resuelvas
pero tampoco espero que lo revuelvas
Sólo espero que te conmuevas
que empieces a valorar la benevolencia
que te decidas a reconocer de frente la contundencia
que interpongas la voluntad a la coincidencia

Yo no espero que sumes
pero tampoco espero que restes
Yo espero que calcules
lo que te cuesta la displicencia
lo destructiva que ha sido tu indiferencia
lo cerca que estás de la intrascendencia

Riqueza

Si con tan pocas fuerzas fuimos capaces de borrar tanta tristeza 
Si estando tan rotos pudimos lograr darle al otro fortaleza
Si entre la oscuridad logramos ser luz y descubrir nuestra belleza

Si después de tantos años y tantos daños logramos tales proezas

De qué no seríamos capaces si lo intentáramos con entereza
Si esta vez dejáramos atrás nuestra constante dureza
Si nos arriesgáramos a amar como si no existiera en el mundo la vileza

Lograríamos curar las heridas que nos infligieron en el pasado con crudeza
Lograríamos abrazar nuestras almas con profundidad y firmeza
Lograríamos cada día hacer sonreír nuestros cuerpos con sensualidad y fiereza

Tendríamos una vida y un amor que el resto miraría con envidia y extrañeza

La lógica del dolor

El dolor es parte inherente de la vida. El sólo acto de nacer es doloroso para la madre y para el hijo. Desde ese primer momento en alguna parte de nuestro cerebro empezamos a enfrentarnos con una realidad que nos acompañará de ahí en adelante: Mientras estemos vivos experimentaremos dolor. 

Es paradójico porque la mayor parte de lo que hacemos es buscar evitarlo, sin embargo, aunque en ocasiones se podrá, siempre nos alcanzará. Más paradójico todavía es darse cuenta que el rehusarse a aceptar que siempre estará presente, nos hace aún más vulnerables a él. Creo que el origen de buena parte de los errores que cometemos los seres humanos es nuestra reticencia a no aceptar el dolor, no al hecho de evitarlo, si no al hecho de evadirlo cuando lo sentimos. El tipo de seres humanos que nos hemos encargado de crear y de buscar ser, explica esa reticencia y no creo que tenga que ver sólo con la sociedad actual, pienso que ha sido una constante histórica, fuertemente promovida y arraigada desde nuestra aparición como especie. 

Demostrar dolor siempre ha estado mal visto. Y creo que en este imaginario juega un papel fundamental el referente creado alrededor del género, específicamente del género masculino. 

A pesar de la supuesta superioridad mental del ser humano respecto a las demás especies existentes (auto endilgada), hoy en día sigue imperando lo más primitivo, la fuerza bruta. Una fuerza que es bruta precisamente porque no piensa, porque por antonomasia no tiene asomo alguno de inteligencia ni de sensibilidad. No es difícil ver de dónde vienen todos los imaginarios patriarcales, machistas y misóginos que durante toda nuestra existencia en este planeta hemos sufrido. La idea de que los hombres no lloran, que la sensibilidad es de los débiles (en particular de las mujeres) que es más macho el que menos demuestre, que los sentimientos estorban, que el que se enamora pierde, etc. Un montón de ideas arraigadas, históricas y prácticamente dogmáticas que nos han acompañado en todas las posibles vidas que el ser humano haya vivido. Ideas que evidencian lo mucho que le ha costado al ser humano utilizar realmente aquello por lo que tanto se enorgullece, la inteligencia. 

Todos esos imaginarios que existen y subsisten en todas y cada una de las sociedades y en los mundos humanos que han tenido lugar, nos han llevado a desconocer una parte de lo que somos; no sólo han botado lejos cualquier asomo de racionalidad sino también de emocionalidad, han buscado negar a perpetuidad la faceta sensible y vulnerable que todo ser humano tiene por el simple hecho de ser humano, de estar vivo y sentir. 

Hombres y mujeres nos hemos encargado de crear ideales alrededor de algo que no somos y de negar lo que sí, esta negación contrario a lo que podría pensarse, no sólo afecta negativamente a las mujeres, y en general a todos aquellos que no son hombres (los animales, las plantas) sino también a los hombres mismos. Dichos referentes no han hecho más que obstaculizar las posibilidades de millones de hombres de reconocer lo que son libremente, de crecer mental y espiritualmente a través de la emoción, de la sensibilidad, de la vulnerabilidad, del ser humanos. 

La tendencia recurrente al uso de la violencia para hacerse valer, la tendencia enfermiza a crear guerras, a matar, a imponerse a sangre y fuego sobre los demás, son muestra del terrible daño que la predominancia y exaltación de la fuerza bruta ha significado para la especie humana. Porque esto no es cuestión de la sociedad actual, ni siquiera es sólo un rasgo, (de por sí bastante acentuado en Colombia, a propósito de sus poco gloriosos 200 años de independencia) es una dinámica extendida, muy arraigada en el tipo de ser humano que hemos sido a lo largo de la historia.

La violencia no es más que la rendición de la inteligencia a la impotencia, es la incapacidad de utilizar la razón para apelar al otro, es el manifiesto expreso de brutalidad, el reconocimiento de la total ineptitud para auto controlarse y relacionarse con los demás. 

Es de por sí trágico que el ser humano haya dedicado y aún hoy dedique tanto tiempo de su existencia a matar, a herir e infligir dolor, cuando la vida, aún sin su actuar perverso, es de por sí dolorosa. Cuán perdidos estaremos que muchas personas se sienten importantes haciéndole daño a otras. Qué mal hemos entendido todo. 

Este pobre entendimiento sobre nuestra propia naturaleza como humanos, no hace más que profundizarse cada día, en particular en la actualidad a través de las redes sociales. Estas plataformas de apariencias y arribismo, no han hecho más que agudizar la idea de la vida que es sólo goce, que es sólo risas y alegría. Vidas espumosas donde todo es perfecto, donde jamás habita el dolor, ni la vulnerabilidad, ni la sensibilidad. Vidas plásticas, supuestamente transparentes, donde todo se exhibe, todo se publica, todo se consume y todo se desecha. Vidas falsas. Las vidas perfectas no existen y si existen no son humanas. 

Entre la devoción a la fuerza bruta, a la violencia, al arribismo y a la superficialidad, se nos fue cualquier posibilidad de reivindicar el lugar y la importancia que tienen el dolor y la vulnerabilidad en nuestra vida. Entre lo mucho que evadimos el dolor que sentimos y lo mucho que nos esforzamos en infligirle dolor a los otros, olvidamos que éste es necesario para crecer mental, espiritual y emocionalmente, que es a través de él que aprendemos, que es a través de él que desarrollamos nuestro intelecto, eso que decimos tener tanto como especie, la inteligencia. 

Nuestro profundo desconocimiento y desprecio por el dolor nos cuesta caro. Sobre todo y de forma paradójica, viviendo en un mundo y en un país donde abunda tanto. 

El dolor en su más básica acepción fisiológica se define como una señal del sistema nervioso de que algo no anda bien (1). Por lo tanto, requiere para que se experimente, un accionar de las neuronas, esas células de las que se compone nuestro cerebro. Se ha logrado comprobar, que el dolor asociado con la desconexión social (relacionado con la exclusión, el rechazo y la pérdida) recae en algunos de los mismos sustratos neurobiológicos que subyacen en las experiencias de dolor físico (2). 

El dolor, tanto en términos físicos como emocionales, ayuda a diagnosticar un problema. Algo que es necesario atender. Tiene por lo tanto una utilidad. De ahí la importancia de no evadirlo, sino de reconocerlo, identificarlo y tratarlo. Requiere en consecuencia que lo analicemos, exige el uso de nuestra inteligencia no sólo para sentirlo, sino en particular para identificarlo y sobre todo para tratarlo. Es por ello que no se puede atender un dolor, no se puede curar, sin importar qué naturaleza éste tenga, sin entenderlo primero. 

Es importante anotar en este punto que hay dolores que no se van, hay algunos que permanecen durante toda la vida, un dolor corporal crónico, la pérdida de un ser querido, una agresión severa a nuestra integridad o a nuestra dignidad (un secuestro, una violación, un ataque físico, una humillación etc.).  

Se logre uno o no deshacer del dolor, el requisito indispensable es lograr comprenderlo para procesarlo. Y este aspecto es clave y será siempre el más desafiante. No siempre será claro para nuestro cerebro la raíz del dolor, sus causas, sus implicaciones y su sentido. 

Nuestro cerebro, nuestro centro de funcionamiento, es un órgano que se desarrolla de acuerdo al contexto en el que nace, crece e interactúa. Es por eso que el cerebro necesita que las cosas tengan sentido según sus referentes, para poder procesar los sucesos, entenderlos y aceptarlos. De ahí la importancia de conocer la realidad que origina el dolor. 

En mi experiencia personal, mi trabajo en el tema de víctimas de la violencia en Colombia me ha llevado a analizar este aspecto a profundidad. Y a la conclusión a la que he llegado es que de esa necesidad de entender para curar, viene la importancia de la verdad para las víctimas. La mayoría de ellas siempre buscan más la verdad que la reparación económica porque es a través de esa verdad que la mente logra entender y por lo tanto procesar y aceptar; es ese entendimiento el que da sosiego. 

Y esta experiencia también me ha llevado a analizar otro aspecto de ese dolor relacionado con la violencia empleada para llevar a cabo los hechos que victimizan. 

Retomando lo que mencionaba anteriormente, el cerebro logra entender y procesar los sucesos que conoce de acuerdo a los referentes que tiene y al contexto en el que se encuentra. La muerte de un ser querido que sufría de una enfermedad terminal o que contaba con muchos años de edad no deja de ser dolorosa pero en nuestro referente mental es lógica: Como todo ser vivo, este cuerpo que habitamos con los años envejece, se enferma, se apaga, en algunos casos es un descanso también para quienes rodean a la persona fallecida porque ya no está sufriendo, porque puede que hasta su dignidad estuviera comprometida por ese cuerpo fallando.

Pero otra historia muy distinta desde nuestros referentes cerebrales, es perder a un ser querido por la acción de personas que no sólo denigran su humanidad sino que actúan con sevicia infligiendo el mayor daño posible, así como tantas personas en este país han perdido a sus padres, hijos, compañeros, amigos. La violencia exacerbada, la crueldad absurda, rompen toda lógica, hacen imposible para cualquier cerebro humano que sufra ese dolor, entender cómo esos hechos tienen sentido desde cualquier punto de vista. Este tipo de sucesos hacen el dolor profundo, perpetuo y perturbador. 

Un ejemplo de esto es el caso de los familiares de desaparecidos. Porque si uno se muere lo entierran y si uno no está en un lugar por lógica está en otro, pero con la desaparición forzada la lógica ya no se cumple, la incertidumbre es total, el sufrimiento eterno, ¿cómo se le logra hacer entender al cerebro que ya no hay lógica? ¿Cómo se vive sin lógica? ¿Cómo eliminar la lógica sin eliminar también la cordura? 

Podría seguir enumerando actos espantosos que han tenido y aún tienen lugar en este país, el asesinato de madres al frente de sus hijos, violaciones de mujeres al frente de sus padres, hijos y esposos, violaciones de hombres por cuenta de otros hombres, secuestro de personas en la selva que duran décadas, desplazamiento de millones de campesinos de sus tierras con sólo lo que llevan puesto, masacres celebradas con gaitas y tambores, campesinos, soldados, niños y animales despedazados por las minas, ríos convertidos en cementerios, etc. Tanto y tanto dolor. 

Uno no puede vivir en un país como Colombia sin preguntarse ¿cómo se vive sin lógica? ¿Cómo se vive sin inteligencia, sin razón, sin sentido? ¿Cómo se vive entre tanta muerte? ¿Cómo se salva uno el alma entre tanta podredumbre? ¿Cómo viven los colombianos que cometen todos estos vejámenes? ¿Cómo viven los políticos, empresarios y terratenientes que los financian, que los controlan y los comandan? ¿En qué piensan los colombianos que los apoyan, los admiran y votan por ellos? 

Colombia es un ejemplo actual a nivel mundial de las implicaciones que tiene el desprecio por el dolor, en Colombia la vida no vale nada, el dolor mucho menos. No hay nada sagrado, me pregunto si alguna vez lo hubo. Se vuelve un simple acto revolucionario vivir cuando enaltecemos tanto la muerte, igual de revolucionario es sentir y expresar dolor en medio de un país lleno de gente que mira siempre para otro lado, que siente vergüenza del dolor, un dolor que no es más que natural en esta tierra tan fértil para los corruptos, los hampones y los matones. 

Las consecuencias de esta violencia que rompe familias, cuerpos y neuronas son atroces en el corto, en el mediano y en el largo plazo. Muestra de eso es un estudio realizado a sobrevivientes del Holocausto en el año 2015, en el cual se evidenció que el trauma que vivieron fue pasado a sus hijos a través de los genes, demostrando que los factores del entorno pueden afectar los genes que se pasan de generación en generación (3). Este tipo de estudios ponen sobre la mesa la posibilidad real de que se hereden memorias del trauma vivido por situaciones de violencia exacerbada y crueldad absurda. Bien valdría la pena hacer un estudio como ese en este país. 

Cuán bien nos haría empezar a enfrentar la lógica que tiene el dolor. Y no sólo porque hayamos sufrido hechos aberrantes como otros compatriotas. Sino porque todos llevamos a cuesta tristezas, frustraciones, pérdidas. Todos estamos rotos y más si nacimos en Colombia. Pero eso no es razón para avergonzarse, al dolor por amor no hay que evadirlo, el dolor por tener el corazón roto, por haber sido engañado, despreciado, rechazado; el dolor por el sólo hecho de serlo merece un respeto, un valor, porque es el mismo respeto y valor que le damos a lo que somos, a lo que sentimos, a la vida, al ser humanos.

Evadir el dolor sólo nos lleva a sufrir más, saca lo peor de nosotros, el dolor que no se enfrenta se vuelve ira, estupidez, vileza, quien evade el dolor se pierde en él, ve a las personas y demás seres vivos como medios y no como fines, y a las cosas como fines y no como medios. 

Que bien nos haría empezar a reconocer el dolor que sentimos, qué bien nos haría identificarlo, analizarlo, reconocerlo, creo que sólo así empezaríamos a darnos cuenta de lo importante que es evitar causarle dolor a otros. 

Referencias

(1) https://medlineplus.gov/spanish/pain.html

(2) https://www.nature.com/articles/nrn3231

(3) https://www.theguardian.com/science/2015/aug/21/study-of-holocaust-survivors-finds-trauma-passed-on-to-childrens-genes

Uno

Alguien que ya haya vivido 
Alguien que ya haya aprendido
Que se haya rendido pero luego
haya decidido volverlo a intentar

Alguien que quiera salir conmigo
Alguien que quiera acompañarme a Asilo
Que se haya perdido pero luego
haya decidido volverse a encontrar

Alguien que quiera soñar conmigo
Alguien que se vuelva mi mejor amigo
Que se haya caído pero luego
haya decidido volverse a levantar

Alguien que ya haya sufrido
Que esté dispuesto a equivocarse conmigo
Que se arriesgue a sentirse vivo
Que haya decidido volverse a enamorar

Alguien roto, alguien solo
Que ya haya amado y haya perdido
Que ya lo han engañado y ha llorado
Que quiere ser ese amor que no ha encontrado

Y el hombre creó a Dios y ese Dios creó la religión…

Hace un par de semanas fui invitada por parte de mi facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de mi Universidad Nacional de Colombia, para ser comentarista de una de las sesiones de la Cátedra de Egresados: Derecho, política y religión a través del cine. La película analizada fue Ágora del 2009, dirigida y escrita por Alejandro Amenábar, y que trata la vida de Hipatia de Alejandría. La sesión estaba orientada a analizar principalmente el papel de la mujer, por lo que decidí definir como tema central, basándome en la película y en la realidad, el fundamentalismo religioso y su rol en la estigmatización, discriminación y eliminación de la mujer en la vida pública. La presente entrada retoma los planteamientos que elaboré para dicha sesión, y otras reflexiones que a lo largo de mi vida he tenido sobre la religión. 

Empiezo diciendo que fui criada en un hogar católico, adicionalmente, toda mi educación primaria y secundaria la recibí en un colegio de monjas. Recuerdo mucho una frase que marcó mi vida de niña, que interioricé como mantra personal y que le dedicaba al dios que me inculcaron: ‘’Quiero que mi vida te haga sonreír’’. Actuaba de niña pensando como ese dios materializado en las imágenes a mi alrededor, en los relatos bíblicos y por lo tanto en mi mente como un hombre, sonreía al evaluar mi vida y mirar mi corazón. Pensaba constantemente en congraciarme con el. 

Al crecer y al empezar a pensar por mi misma, cosa que me enseñó mi Alma Máter, empecé a tropezarme con muchas realidades creadas por la religión que profesaba, realidades donde por el simple hecho de ser mujer era menos. Realidades que no cuestioné antes porque acepté como dogmas de fe. Era víctima de una confusión que la gran mayoría de creyentes sufre: confundía religión con espiritualidad. 

Para poder denotar la abismal diferencia que hay, vayámonos a sus definiciones según la RAE: Espíritu se define como ser inmaterial y dotado de razón. Alma racional. Preciosa definición, apuesto a que ninguno la esperaba, la verdad ni la esperaba yo. Espiritualidad se define como lo relativo al espíritu, es decir al alma racional. Por otro lado, Religión la define como Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales. 

Como se evidencia, son dos conceptos que de entrada ni parecen estar relacionados. Mientras el espíritu tiene que ver con el alma racional, la religión tiene que ver con dogmas y ¿qué es un dogma? La RAE lo define como un punto esencial de una religión, una doctrina o un sistema de pensamiento que se tiene por cierto y que no puede ponerse en duda dentro de su sistema. Por antonomasia, lo contrario a la razón es el dogma; mientras la razón tiene que ver con la facultad de discurrir, es decir, reflexionar y aplicar la inteligencia, el dogma tiene que ver con aceptar como verdades algo que no ha pasado por el uso de nuestra inteligencia, y que ni nuestro criterio ni raciocinio ha puesto en duda. Tal cual como en las conclusiones que se sacan del análisis de estas definiciones, tal cual pasa en la realidad, la religión termina no sólo siendo una cosa muy diferente que la espiritualidad, en muchos sentidos termina siendo su antónimo. 

No discernir esta diferencia tiene implicaciones dramáticas en la vida; para el caso de las mujeres, esta confusión trae como consecuencia un sentimiento de culpa que muchas interiorizan y con base en la cual toman decisiones en su vida así no sea lo que realmente quieren, como tener hijos o casarse. Esta confusión es por lo tanto funcional al patriarcado, en otras palabras, es útil para el sistema de degradación y subyugación al que se encuentra sometida la mujer en el mundo actual. 

Y en este punto señalo la implicación que este orden tiene para las mujeres, sin por ello dejar de lado las implicaciones que tiene para muchos otros seres. Lo anterior, porque el mundo en el que vivimos es un mundo hecho por hombres para hombres. Mujeres, niños, animales y plantas viven en mundo que no está hecho para ellos. La religión, como todo lo demás hasta ahora ha sido eso, una creación de hombres para hombres. 

El hombre (y sí, en este caso a diferencia de la manera en que se usa indistintamente para hablar del ser humano, me voy a referir al hombre, individuo del sexo masculino específicamente) ha sido bastante hábil en hacer de la religión un instrumento eficaz para el sometimiento de la mujer, para su discriminación y para su degradación, recurriendo a una premisa tanto retorcida como fulminante: Es palabra de Dios. ¿Y quién resulta ser ese Dios? Pues naturalmente un hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, no lo creó a imagen y semejanza de la mujer ni más faltaba, ¿y dónde dice eso? Pues en las Sagradas Escrituras que fueron escritas por los autoproclamados semejantes a Dios, los reyes de la creación: los hombres. Toda esta tautología que evidencia un narcisismo, una egolatría y una soberbia que rayan en lo ridículo, es lo que nos ha sido dado como verdad absoluta, como dogma. 

A lo que todo esto conlleva, es que toda religión hasta el momento actual, termina teniendo más que ver con un concepto contrario a la espiritualidad y es el fundamentalismo, el cual la RAE define como la exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida. 

En esta parte hago una pausa para enviarles saludos a mis compañeras de colegio, a las monjas que me dieron clase y a mis fervorosas familiares que hayan osado leer esto. Paradójicamente, no hay en este mundo hecho por hombres para hombres, seres más implacables con las mujeres que otras mujeres.

Punto seguido continúo diciendo que no es posible pensar el mundo sin religiones, no es viable ni ético abolirlas, las religiones, a pesar de lo anterior, son importantes para la búsqueda de sentido y toda persona debe ser libre de profesar la religión que prefiera; el llamado es a cuestionar el papel que se le ha dado a las mujeres y cambiarlo. La revolución no está en eliminar las religiones porque son manifestaciones de la espiritualidad humana y cada persona debería ser libre de decidir en qué cree y en que no, la revolución está en cuestionar y cambiar el rol que en las diversas religiones existentes se le ha dado a las mujeres, y en analizar la medida en que promueve u obstaculiza su desarrollo como seres humanos. 

Para ilustrar este punto, me remitiré a lo señalado por Martha Nussbaum en su libro Las mujeres y el desarrollo humano donde señala que ‘’las religiones mayoritarias se cimientan en la idea de dioses justos y buenos, por lo que no hay base para que las mujeres sufran por el simple hecho de ser mujeres, eso iría en contra del propio dios al que se venera. Toda conducta que produzca daño en algún miembro de la comunidad, no se puede encontrar entonces en el corazón de la religión y tiene que ser una forma de error humano que puede remediarse sin tocar por ello la fe’’ (1). 

Esto lo que evidencia es una verdad de perogrullo pero que el dogma, el fundamentalismo y la confusión con la espiritualidad no dejan ver, y es que la religión es y ha sido instaurada, profesada y practicada por hombres, que como todos los seres humanos se equivocan. Individuos con grandes propensiones a crear dioses a su imagen y semejanza, es decir, vengativos, discriminadores, egocéntricos y soberbios, con profundas debilidades por el poder y con inmensas tendencias a la avaricia. Se han valido de la confusión no sólo entre religión y espiritualidad para imponer sus visiones sesgadas y nocivas, sino que han vuelto pública y política una esfera que es en esencia privada e individual. 

Y es una confusión a la que inducen no sólo a caer sino a promover entre sus creyentes. De niña, en mi colegio de monjas, recuerdo que al llegar a cierto grado empezaba a integrarse al currículo educativo una materia que se llamaba Misiones; en ella nos eran asignadas varias niñas de grados bajos de primaria y era nuestra misión mostrarles como verdadera la religión católica. Hoy miro hacia atrás y logro ver el despropósito: Evangelizar o catequizar, es la primera gran intromisión en la esfera privada e íntima a la que pertenece la espiritualidad de donde debería provenir la religión. Es la manifestación fehaciente de la idea de que la religión que se profesa es la verdadera. Para mí, es el primer paso para empezar a cometer atrocidades en su nombre.

Y una de estas deviene de la íntima relación que siempre ha habido históricamente entre poder y religión. Entre más entrelazados estén, esta última tendrá cada vez menos que ver con la espiritualidad y cada vez más con la hipocresía. Y es que la podredumbre que este entroncamiento genera es que las tragedias y miserias humanas sean aprovechadas por las religiones para perpetuar el poder de sus líderes a expensas de sus creyentes. La búsqueda de sentido de estos últimos, termina siendo utilizada por los primeros para su propio beneficio, todo gracias a la aplicación y tergiversación de la palabra de Dios. 

Lo anterior se evidencia a su vez en la contradicción que entre religión y Estado hay. Mientras que el Estado existe para proteger a los ciudadanos, garantizar sus derechos e integrarlos al sujeto social, la religión discrimina, divide y excluye a los individuos de acuerdo a sus creencias y a su moral religiosa.

Sobre este punto Nussbaum señala que: ’’La humanidad de la religión significa que sus prácticas son falibles y que necesitan de un examen continuo a la luz de los importantes intereses humanos cuya custodia es tarea del Estado’’ (2). 

De ahí la importancia de no permitir que la religión siga siendo instrumentalizada para el beneficio de unos pocos que erosionan su sentido, la corrompen y la destruyen. De ahí la importancia de empezar a ver la religión como una fuerza emancipadora, que no anula lo que somos sino que lo enaltece, que no nubla nuestro intelecto sino que lo ilumina, que no elimina nuestra conciencia sino que la despierta, que no aniquila nuestra ética sino que la fortalece y que no degrada nuestra existencia sino que la dignifica.

No es cuestión de ser feminista si no de sentido común. El progreso y nuestra evolución como especie, dependen de que las mujeres logren desarrollar todo su potencial como seres humanos, que tengan existencias dignas y satisfactorias. Que puedan diseñar su vida y decidir cómo la quieren, que sientan orgullo y plenitud de ser lo que son. Si las diferentes religiones que existen no aportan a que esto suceda, es necesario cambiar la manera en que se profesan, si se requiere ir hasta el dogma máximo y eliminarlo debe hacerse, si se requiere cambiarlas desde su más básico fundamento, debe hacerse. No hay otra manera de permitir que la mitad de la población mundial alcance un nivel de existencia digno. Si todos los cambios y avances sociales, culturales, económicos, educativos, profesionales y laborales no tocan las diferentes religiones, no se estará haciendo nada, no serán cambios reales, serán sólo formas de hacer que todo se vea diferente (como hasta ahora lo han sido), para que todo siga igual.  

Finalmente, y retomando mi mantra de niña, lo cambié por uno mucho más beneficioso, equitativo y sensato: ‘’A quien debe hacer sonreír mi vida es a mí’’. Así vivo, y si Dios existe y es un Dios de amor y de luz como en parte me lo enseñaron, está de acuerdo. 

Referencias

(1) Las mujeres y el desarrollo humano. 2002. Herder. Barcelona. Pág. 266.

(2) Ibíd. Pág. 317.