Tríada vital: Ego, autoestima y dignidad

En un país de egos arrasadores, de arribistas empedernidos, de apátridas, de faltos de identidad y pertenencia, de copias y copiones, de avergonzados por lo que son y de orgullosos por lo que no, del usted no sabe quién soy yo, del auto desprecio, y de la total ausencia de amor por uno mismo y de paso por el otro, uno pensaría que este desafortunado rincón del mundo no daría para mucho pero resulta ser un excelente campo de estudio sobre el ego, la autoestima y la dignidad. 

Aquí y gracias a nuestro pesado lastre colonial, confundimos los tres pensando que uno es el otro, que pisotear y pararnos sobre los demás nos hace grandes, que despreciarnos a nosotros mismos hace nuestros defectos pequeños, que agachar la cabeza ante el poderoso es meritorio o que usar las influencias personales para el beneficio particular sobre el general es admirable. 

Al final lo que nuestra realidad nos muestra y lo que vemos al mirarnos al espejo es una sociedad perdida en la más profunda miserableza humana, demasiado hundida en el fango para pensar por un momento en la capacidad que tiene también muy humana de sobreponerse a sí misma, de trascender su naturaleza primitiva y construirse (no digo reconstruirse porque para eso tendría que haber algo construido primero). 

Lo anterior no es más que el reflejo de lo que somos como individuos, de lo que cada uno de nosotros ha hecho de sí mismo. Y es en nuestra profunda confusión personal sobre esos tres conceptos que considero que radica buena parte del problema. 

Empecemos por el ego. Freud, uno de sus más célebres estudiosos lo definía como ‘’una parte de nuestra identidad la cual ha sido modificada por la influencia directa del mundo exterior’’ (1). Una definición breve y clara. El ego es por lo tanto esa parte de lo que somos a la que lo que le importa es lo que piensen los demás de nosotros, una parte a la que poco le interesa lo que realmente seamos, sintamos, pensemos o queramos. No por nada decía también Freud que ‘’el ego no es señor en su propia casa’’ (2). El ego no obstante es necesario, nuestro cerebro está condicionado para que tengamos en cuenta lo que los demás piensan de nosotros porque somos seres sociales, es fundamental para relacionarnos y para controlar nuestros deseos más primarios, todo en miras a no perjudicar la imagen que tienen de nosotros los demás. A todos seguramente nos ha pasado, un ejemplo en el que siempre pienso es llorar en público; puede que a ninguna de las personas a nuestro alrededor la conozcamos o que hasta estemos seguros que no las volveremos a ver, pero aún así lo más probable es que decidamos por controlarnos aunque el dolor o la tristeza que sintamos sean grandes. Y esto es muy probable que aumente, si por el contrario, a alguna de las personas presentes no sólo la conocemos sino que nos conoce y consideramos, por la situación o por su comportamiento anterior, indeseable que nos vea reaccionando de esa manera.

Por su parte la autoestima, la cual no hace falta definir en demasía al ser totalmente diciente en sí misma, tiene que ver con el valor que nos damos a nosotros mismos por lo que somos, pensamos, sentimos, queremos y hacemos. Es la manera en que nos amamos, respetamos y tratamos a nosotros mismos, independiente de la idea, imagen o trato que nos dan los demás. Es vital y con vital quiero decir que es fundamental para tener una vida que merezca ser vivida. Y esto más que ser una opinión o un extracto de algún libro de superación personal que tanto ha manoseado ese término, es una parte importante de lo que ha estudiado la teoría filosófico-política sobre las capacidades humanas o la justicia. No por nada John Rawls en su Teoría de la Justicia (1999), a través de la cual busca establecer un conjunto  de puntos que todos los individuos racionales independientemente de sus planes de vida desearían como requisitos previos para llevarlos a cabo, o como los llama él mismo: una lista de bienes primarios, ubica en la base estructural de todos ellos el respeto por sí mismo y lo define como el bien primario más importante (3).   

La dignidad finalmente, es ser tratado como lo que se es (4). Tomando lo que señalaba en otra entrada sobre la dignidad humana, la dignidad suele ser un concepto asociado con el reconocimiento que otros le dan al individuo, sin embargo, la dignidad está a su vez íntimamente ligada con el respeto y el reconocimiento que hace el individuo de sí mismo. Dworkin establece esta relación a través de dos conceptos: el auto respeto y la autenticidad, los cuales se traducen en una dignidad humana producto del propio actuar (5). Lo anterior no significa otra cosa que ser tratados de acuerdo a nuestro comportamiento, es decir, de acuerdo a lo que decimos y hacemos. 

Y aquí viene la compleja y dinámica relación entre estos tres conceptos de esta tríada vital y existencial que determina cómo nos ven los demás, cómo nos vemos nosotros y con base en eso cómo nos tratamos a nosotros mismos y nos tratan los otros. Esta relación es por demás fascinante. Su análisis debería ser una tarea que todos nos tomáramos el trabajo de hacer frecuentemente. Mucho depende de cómo esa tríada funcione, por no decir todo. 

La confusión es fehaciente: Se suele pensar que quien más se cree es más, que se quiere a sí mismo más o que es más digno que los demás. Nada más alejado de la realidad. En muchos casos un ego excesivo es síntoma de baja autoestima, denota además profundas inseguridades, desconexión con la realidad, falta de autenticidad, afán por aprobación e incapacidad de sentir compasión. Este desequilibrio termina traduciéndose en comportamientos indignos que denigran a la persona que los tiene. Qué mejor ejemplo que el usted no sabe quién soy yo. (Ojalá a alguno de los que salen con esta máxima le dijeran que si la tiene que decir es porque no es nadie).  

La clave para que esta tríada funcione es la autoestima y en esto le doy toda la razón a Rawls. No puede haber nada sin respeto por uno mismo, sin amor propio. Quien se ama a sí mismo lo hace por lo que es, por lo que piensa, por lo que ha vivido, por lo que ha superado, por lo que siente y por lo que quiere. Para todo eso ha tenido que hacer un proceso de auto reconocimiento, quién es, que no es, de qué es capaz, qué sabe, qué quiere y que no. Una persona que sabe lo que vale no se deja pisotear, no se vende, le da valor a su palabra, busca ser coherente entre lo que siente, piensa, dice y hace, por lo tanto es ética, no se denigra por ninguna persona, por ningún sentimiento, por dinero, por un puesto, por una apariencia, por una imagen o por una idea. Una persona con una autoestima fuerte es auténtica porque acepta lo que es y porque sabe lo que puede llegar a ser. Exige valentía ser auténtico, no es para cobardes vivir bajo sus propias verdades. 

Una autoestima fuerte permite que haya un ego controlado y constructivo y por lo tanto un ser humano digno, al que le importa lo que los demás piensen de sí mismo pero que tiene el coraje para no definirse ni determinar su acción sólo por eso, que es consciente que la responsabilidad sobre la propia vida es intransferible, que no hay nada más que pueda controlar que su propio actuar, y que es de acuerdo a él que enaltece lo que es o lo denigra. 

Si tuviera que ilustrar esta tríada sería así:    

Una persona con esta tríada en equilibrio no necesita pasar por encima de nadie para sobresalir, no necesita comprar conciencias, cargos, pruebas, exámenes, aprobaciones, ‘’amigos’’, se preocupa por cultivarse a sí misma, de ser la mejor en lo que hace, sabe diferenciar los fines de los medios, no necesita aparentar, por eso es leal a quienes quiere y a sus propias verdades, es valiente, capaz de sentir compasión por sí mismo y por los demás, por eso no necesita ser otra cosa más que lo que es y se siente orgulloso de eso. 

Al sentir, pensar y actuar de esta manera una persona con esta tríada en equilibrio no sólo se dignifica a ella misma, dignifica también cada espacio en el que está, cada cosa que estudia, cada persona con la que se relaciona, cada actividad que hace, cada cargo que ocupa, cada cosa que toca. Y lo hace porque apela a las más altas características humanas, a la inteligencia suya y del otro, a la compasión que siente por sí misma y por el otro, a su valor y al del otro, al respeto que merece y al respeto que merece el otro.

Una tríada en equilibrio es útil y necesaria para todo, para estudiar, para trabajar, para emprender, para luchar, para amar. Y sobre todo para esta última que es lo que le da sentido a la vida. Es muy común ver cómo muchos votan lejos su autoestima, su ego y su dignidad por ‘’amor’’, olvidan que no hay nadie más que les vaya a dar su lugar que ellos mismos, que el cuento de amarse primero para amar a alguien más es real, y que las heridas que uno mismo se causa por falta de amor propio y dignidad son de las más difíciles de curar. 

Todo se resume bien en una frase: Aceptamos el amor que creemos merecer (6). Y eso aplica tanto para lo que aceptamos de los demás como lo que aceptamos de nosotros mismos; así como se acepta el amor se aceptan muchas otras cosas, y así como se aceptan se dan: el maltrato que se permite y que se ejerce, el engaño, la mentira, el usar y ser usado, la hipocresía, la deslealtad, las adicciones.

En un mundo que se ahoga en la falta de cuidado, en la desidia, en la contaminación, no es difícil ver que este no es un problema sólo local, este tiene también sus expresiones a nivel global, la falta de amor por lo que tenemos, por lo que nos fue dado, por la vida, nos mata  en cuerpo y alma cada día. 

A pesar de la estupidez que nos caracteriza hasta ahora como humanos y como colombianos desde tiempos ancestrales, aún tenemos la capacidad de evolucionar, de adaptarnos, de mejorar lo que somos y eso no significa otra cosa que dejar de hacer lo que hasta ahora hemos hecho. Nada diferente al amor por nosotros mismos, por los demás, por la vida, por la naturaleza y por los animales nos salvará, sólo el amor puede salvarnos de ahogarnos en nuestros propios desperdicios, de asfixiarnos en nuestra propia contaminación, de podrirnos en nuestra propia corrupción, sólo el amor puede salvarnos de la guerra perpetua, de la iniquidad obscena, de la calle, del desespero, de la locura, del sin sentido, de nosotros mismos. 

Relaciono con esta entrada una de mis canciones favoritas, es un grupo que me gusta mucho: Los Artic Monkeys, la canción se llama The Jeweller’s Hands, una joya musical en su melodía y en su letra. No hay consenso sobre el significado de esta canción, seguramente eso es lo que la hace también tan fascinante. Para mí tiene que ver con el engaño en el que caen muchos de pensar que aumentan su valor haciéndose de forma corrupta a los talentos y méritos de otro o como se diría en Colombia: ganando indulgencias con avemarías ajenas. Piensan estos mezquinos incautos que la viveza los lleva lejos y que lograrán por siempre impresionar, creen ilusamente que sosteniendo la mano del joyero es suficiente cuando no tienen la menor idea de qué hacer con ella, termina entonces pasando lo inevitable, su tramoya queda en evidencia y se hunden. Lo magistral de la canción es el tercero que ve todo lo que sucede desde el principio y es quien narra la historia o más bien la canta, un individuo anónimo al que el vil iluso pisotea para lograr su cometido y al que observa con desprecio, al final, el despreciado anónimo observa cómo el vil iluso se hunde mientras le pregunta si tiene algo que enseñarle, que él lo escucha, que está listo para aprender, que no tenga miedo. Corruptos, mezquinos, arribistas, viles de Colombia y del mundo, si tienen una lección que enseñarme estoy escuchando, lista para aprender. 

Referencias

1 (Sigmund Freud, 1923, From The Ego and the Id) https://www.verywellmind.com/what-is-the-ego-2795167

2 (Sigmund Freud, 1917, From A Difficulty in the Path of Psycho-Analysis) https://www.verywellmind.com/what-is-the-ego-2795167

3 Rawls, John. Teoría de la Justicia. Pág. 398. 

4 https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0041863313711219#sect0035

5 Ibíd. 

6 The Perks of being a Wallflower. (Las ventajas de ser invisible) Película 2012. 

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Sólo

Sólo el amor nos salva 
De la ira asesina que todo lo corroe
De la vileza estúpida que todo lo corrompe
De la tristeza infinita que todo lo absorbe
De la cobardía taciturna que todo lo esconde

Sólo el amor nos salva
De la tragedia que rodea la vida
De la devastadora crueldad conocida
De la absurda violencia sufrida
Del fatal desamor suicida

Sólo el amor nos salva
Del hastío de la rutina
Del dolor de la despedida
Del camino tóxico de la mentira
Del veneno dulce de la hipocresía

Sólo el amor nos salva
De la trampa que es el dinero
De botar nuestros sueños por el suelo
Del superfluo querer etéreo
Del aterrador sinsentido eterno

Breve historia de un tiempo

Antes de irme por dos años a Alemania, escribí los siguientes versos inspirada en Bogotá: 

Extrañaré tus cerros, tus calles y tus cielos

Pero mi tristeza por la despedida

No ha de ser más que flor de un día

Si recuerdo que la vida 

Es un eterno retornar 

Describo mi experiencia de haber vivido dos años en Alemania como la más dura y desafiante que haya tenido y como la mejor de mi vida. Las dos juntas. Es probable que la una haga que sea la otra y viceversa. Tenía 24 años cuando la suerte me sonrió, como en ocasiones me sonríe. Luego de dos años de cientos de vueltas, de diligencias, de averiguaciones, de conferencias, de charlas, de búsquedas, de comparaciones, de opiniones, logré un sueño que tenía desde mis 17 años, irme a estudiar a Alemania. La idea de estudiar allá nació en un salón de la Universidad Nacional de Colombia, como suelen nacer casi todos mis sueños. 

Durante mi bachillerato estudiaba allí inglés los sábados, pero luego de terminar todos los niveles, debía escoger otro idioma para seguir yendo a ese lugar que una y otra vez le ha dado sentido a mi vida. No podía dejar de ir, entre esas paredes me sentía parte de algo más grande que yo, de algo importante, me sentía imbuida de ilusión, de ideas, de propósito. Sin embargo, y como buena adolescente, carecía de claridades, en otras palabras, tenía respuestas a preguntas que nadie hacía y no tenía respuestas a las preguntas que todo el mundo hace. 

En mi extraviada cabeza rondaba la idea de estudiar relaciones internacionales, esa malograda carrera que es escogida más por nuestra enraizada idea de que lo mejor siempre está afuera. Porque en Colombia nacemos, crecemos, nos reproducimos, nos matamos entre nosotros y nos morimos, pensando que, como el libro de Kundera, la vida está en otra parte. Y en buena parte es cierto. Yo como legítima hija de esta tierra, también lo pensaba (lo dejé de pensar, pero luego del 17 de junio del 2018 y de todos y cada uno de los días que lo han sucedido, lo volví a pensar y lo pienso en este momento). Producto de esa idea, yo pensaba no sólo que la vida estaba en otra parte sino que estaba específicamente en el Pacífico, al otro lado del mundo, en Oriente, por eso mi primera opción era estudiar mandarín. Afortunadamente, tanto la idea de estudiar esa dudosa carrera como la de estudiar mandarín se desvanecieron. La primera, porque revisando los pénsum me daba cuenta que era un reflejo triste de nuestra idiosincracia, una carrera con un nombre rimbombante pero que está realmente llena de nada, desbordada en arribismo e ilusiones mediocres y miopes sobre su campo de acción laboral; y la segunda, porque los cursos para aprender ese idioma no se ofertaban en la Universidad Nacional los sábados para niños, niñas y adolescentes como en ese tiempo lo era yo. 

Tocaba escoger otra cosa, tocaba escoger otra vida. Por cierto, qué oportuno momento ese en el que nos toca escoger cómo ésta va a ser, mientras pasamos por ese apacible lapso de tiempo que es la adolescencia y el llegar a la mayoría de edad… antes… Bueno, tocaba escoger otro idioma, las opciones eran italiano, francés, portugués y alemán. El italiano me parecía aburrido y muy parecido al español, el portugués no me terminaba de convencer, y al francés lo había aprendido a aborrecer gracias a las espantosas clases que de ese idioma tenía en el colegio; por descarte tocó el alemán. La decisión no pudo ser mejor. Empezar a aprender ese idioma abrió mi mente a otro mundo, a otras opciones y a otros sueños. De pronto un poco demasiado. Por alguna extraña razón en mi extraviada cabeza empezó a formarse la idea que lo mío era la ingeniería automotriz. Me gustaba la física, había representado a mi curso en un campeonato de matemáticas (debo confesar que nunca entendí bien porque la profesora me había escogido a mí) y me encantaban los carros, en particular los alemanes. La revista Motor era para mí de especial interés, la leía desde la portada hasta los avisos comerciales finales. Y mi cabeza empezó a tender unas particulares relaciones… y todo pareció de repente claro para mí: tenía que ir a Alemania a estudiar ingeniería automotriz. Cuando empecé a averiguar sobre los programas que la BMW tenía, empecé a darme cuenta que iba a ser bastante difícil y eso que en la ecuación ni había incluido la variable de ser mujer y de ser colombiana. Pero qué son esos pequeños detalles para una mente sin límites como era la mía adolescente. De pronto pensé que lo mejor podría ser estudiar acá y después especializarme allá. La cuestión era que sólo había ingeniería automotriz en la Universidad del Norte en Barranquilla, por lo que de plano abandoné la idea. 

Entre los ires y venires de que a la psicóloga de mi colegio le pareciera una completa locura que yo me decidiera por las ciencias exactas dadas mis notas en las ciencias sociales, de tener la falaz palabra de mi papá de que podía pagarme la universidad que yo escogiera, para a los pocos meses simplemente desentenderse y perderse como lo lleva haciendo 20 años, de dudar sobre si la ingeniería sí era lo mío y de pensar que si no pasaba a la Universidad Nacional, lo más probable era que no estudiara, la vida me aterrizó como sólo ella sabe hacerlo y ahora se había vuelto una simple cuestión de supervivencia: ¿qué iba a hacer después de graduarme del colegio? 

En medio de la crisis, mi adolescente mente pasó de la ingeniería automotriz a la criminalística. Esa era una carrera interesante y en este país de victimarios y víctimas, trabajo en eso es lo que hay. Dando tumbos como sólo una mente adolescente puede darlos, me di cuenta que no podía seguir desenfocada, estaba perdiendo el norte, bueno realmente no lo había encontrado, pero estaba perdiendo de vista lo que yo pensaba que era el norte; la cuestión era simple, ¿qué desde hacía tiempo me había dado sosiego y me hacía sentir imbuida de ilusión, de ideas y de propósito?: La gloriosa Universidad Nacional de Colombia. La mejor de este país, la única, la que nunca falla, la que nunca me ha fallado. Yo lo que tenía que hacer era coger un listado de las carreras que ofertaba y escoger una con la que así fuera medianamente me sintiera cómoda. Y así lo hice. Sin mayor convencimiento mi primera opción fue Ciencia Política y mi segunda opción fue Economía. Listo, ahora no más tocaba pasar el examen de admisión. 

Mi plan era infalible, yo pasaba a la Universidad Nacional, no me quedaba sin estudiar por no tener cómo pagar las matrículas obscenamente caras de las universidades privadas de este país, le daba un respiro a mi mamá para que se recuperara de la debacle económica y emocional en la que nos había dejado mi papá, y a la vuelta de los años, ella, ya mejor, con mucho orgullo por haberme graduado de la Universidad de su corazón, de la que no pudo graduarse ella por el cierre que por años sufrió en los 70, me ayudaba a estudiar un posgrado en Alemania. Sí, ese fue el plan de vida que elaboré a los 17 años. Como buen plan de adolescente no había plan B. 

El día del examen a la universidad como para variar llegué tarde, el portero muy amablemente me lo recordó, yo corrí cómo sólo alguien que va a tarde a aquello de lo que dependía todo el resto de su vida puede correr, afortunadamente no iba realmente tan tarde, había fila y hasta ahora estaban asignando los salones; me tocó en Agronomía, para mí fue desde el principio una bella señal, en esos salones había tenido muchas de mis clases de inglés y de alemán. Sin embargo, durante el examen me sentí más bien mal, más mal que bien, mejor dicho bien bien mal, salí sintiendo que hasta ahí había llegado yo, que no iba a pasar y que la criminalística y el abismo existencial aguardaban por mí. 

El día que salían los resultados era otro día que iba a marcar todo el resto de mi vida, de este dependía mi plan infalible: Me dispuse entonces, después de llegar del colegio y con el uniforme puesto, a extender el largo y enredado cable que unía el computador con la conexión a internet y a esperar, escuchando un sonido de pitos, timbres y transferencias, a que cargara la página con los resultados. Mi código: A503674. Reto a todos mis compañeros de la gloriosa UN que están leyendo esto a que hagan memoria y recuerden ese código que les asignaron y con el que se buscaron para saber si habían pasado. Yo jamás lo he olvidado, es el número de mi vida. 

Cuál va siendo mi sorpresa cuando con las manos temblorosas voy bajando por la página y me doy cuenta que ahí está… el número de mi vida. 

Seguramente mis vecinos recuerden este magno momento como yo porque no pude más que gritar, zapatear y saltar por un lapso de por lo menos media hora. Para terminar de hacer aún más inolvidable el suceso, en radio pasaban mi canción favorita de ese momento y yo empecé a pensar que mi plan, contrario a mis propios pronósticos, dentro de todo sí podía ser infalible. 

Sólo podía imaginar la emoción de contarle a mi mamá, de gritar, saltar y zapatear juntas como efectivamente lo hicimos. 

Ahora y siguiendo con mi plan infalible, era cuestión de graduarme, cosa que hice en los 8 semestres reglamentarios. Hacía parte de un semestre de personas bastante estudiosas, así que creo que eso también ayudó a que jamás tuviera que repetir una sola materia. Me gocé mi paso por la Universidad, obviamente y como les pasa a muchos, no quería irme, salir de ella era encarar la realidad de este frustrante país y eso es algo que uno siempre se querrá ahorrar. 

Luego de eso venía lo que ya era la formalización de estudiar en Alemania y como lo mencioné en un principio fue un proceso de dos años, largo, nada barato y complejo, por el cual tuve que ponerme en contacto con buena parte de mis profesores de la universidad, para la más de media docena de cartas de recomendación para los diferentes programas a los que quería aplicar, de hacer curso para el TOEFL, buscar pasar con un buen puntaje, traducir todas mis certificaciones académicas, pedir citas para apostillar, enviar casi siempre el último día del plazo los documentos que pedían las universidades en Alemania, enviar correos, ir a las charlas de Colfuturo, hacer preguntas, hacer cuentas, etc. 

Alegría total recibir carta de admisión al que era mi programa favorito, el de Política Pública de la Willy Brandt School of Public Policy de la Universidad de Erfurt y a las pocas semanas saber que había sido escogida como beneficiaria del Crédito-Beca de Colfuturo. 

Luego empezó entonces la melancolía; saber que iba a estar un buen tiempo lejos de Colombia. Yo que tengo un arraigo por este país que ni sé bien de dónde es que sale, sentí un nudo grande en el pecho, presentía que iba a ser duro, pero la verdad nunca me imaginé cuánto. Siempre pienso que si alguien me hubiera dicho lo duro que iba a ser yo habría dudado de ir, afortunadamente nadie lo hizo.

Mi viaje inició un viernes en la noche, las complicaciones comenzaron desde el primer momento, mi equipaje era demasiado pesado, por lo que tuve que sacar una parte para no pagar sobrecargo. En esa época no operaba Lufthansa en Colombia por lo que tuve que viajar con Iberia y hacer escala en Madrid, España. Logré antes de viajar conseguir un descuento con OIM en mis tiquetes, sin embargo, a pesar del ahorro, eso significó no poder escoger mi asiento, por lo que me tocó uno en toda la mitad donde tenía a dos personas a un lado y una al otro. Además de eso, por alguna extraña razón, mi asiento no se reclinaba, el avión iba totalmente lleno y no había manera que me reubicaran en otro. Cuando estábamos a punto de salir, a uno de los pasajeros le dio un ataque de pánico y tuvo que bajarse del avión, la demora mientras buscaban su equipaje fue de más de dos horas, por lo que ahí empezó mi angustia al saber que tenía que llegar a hacer conexión en Madrid y el tiempo ya empezaba a correr en contra. Llego a Barajas para darme cuenta que mi conexión salía en 15 minutos y que según los avisos en el aeropuerto estaba a 40 minutos de la puerta de abordaje. Afortunadamente (al fin y al cabo Iberia) mi conexión también estaba retrasada y pude llegar a ella. Eran dos horas de vuelo de Madrid a Frankfurt, dos horas que disfruté inmensamente, ya que pude dormir, cosa que no había logrado en el viaje infernal que acababa de tener Bogotá-Madrid. Sin embargo, cuando el avión inició el aterrizaje, me estrellé con la realidad, eran las 10 de la noche y estaba llegando sola a un país donde no conocía absolutamente a nadie, sin manejar bien el idioma, y donde no tenía mayor idea de cómo llegar a la ciudad a la que tenía que ir: Erfurt. 

Recuerdo mucho cuando llegué a Frankfurt esa noche, pensar: ‘’Bueno, si me llego a morir acá, es probable que pase un buen tiempo para que alguien en Colombia se entere’’. Ese choque existencial, es una zarandeada inolvidable que sólo la vida sabe dar. Es un vértigo que no sé bien cómo describir, creo que sólo alguien que lo haya sentido podría comprenderlo. Es reencontrarse con la fragilidad de la propia existencia. Sentirse poco porque se es poco. Es darse cuenta que lo que se sabe no sirve tanto, que se está a merced total de la suerte, que la vida como una la conocía cambió completamente, que no hay certezas y que dependo totalmente de mis limitadas habilidades en un contexto impredecible, desconocido y por lo tanto hostil. 

Aterrizo, estoy esperando en la banda de las maletas las mías, llega la grande pero no aparecen otras dos medianas. En Bogotá, en la sala de espera, la persona que revisaba el equipaje de mano se había apiadado de mí y me dijo que me haría el favor de pasarme parte a bodega sin cobrarme sobrecargo, el alivio fue inmenso, yo a duras penas podía caminar. 

Sin embargo, esas dos maletas eran las que no aparecían; luego de 20 minutos se me acerca una persona de la aerolínea con apariencia latina diciendo mi apellido, me pide que me acerque al mostrador y me dice que por ser de Colombia mis maletas se habían quedado en Madrid porque se demoraban más en la revisión de seguridad. Además del shock de ver que lo del estigma no es en lo absoluto una exageración, que está más vivo que nunca, es la impresión de que le esté pasando a uno. Yo no lo podía creer, me dolió. Casi sentí como si hubiera salido un pequeño crujido de mi corazón. Ya me sentía lo suficientemente sola, asustada, vulnerable y agotada y esto llegó como un rayo fulminante. El dolor aumentó cuando le pido a otra persona de la aerolínea ayuda para tener lo más pronto las maletas conmigo y le hablo de la importancia que tienen para mí, en ellas iban los papeles de mi admisión a mi escuela, el cargador de mi computador, todos mis pantalones, etc. para escucharle en un español latino decir: ‘’y entonces para qué enviaba esas maletas en bodega si eran tan importantes para usted, eso es culpa suya…’’ Como si el dolor no fuera ya grande, me enfrento también con la total falta de compasión de otra latinoamericana y me doy cuenta que el único problema no era de idioma, era también de humanidad. 

Paradójicamente la quedada de mis maletas en Barajas, terminó siendo algo bueno en un sentido práctico, físico, logístico, de movilidad y en últimas de supervivencia. Yo llevaba en total más de 35 kilos de equipaje, de haber recibido todo mi equipaje en Frankfurt, aún hoy me pregunto, cómo hubiera hecho. 

Decidí quedarme en el aeropuerto de Frankfurt esa noche; tomar un tren después de las 10 de la noche es más costoso y además, me aterraba la idea de salir a buscar un hotel, me aterraba la idea de tener que volver a hablar, o de que me hablaran en alemán y yo no entender o no saber qué decir, o de pronto hasta entender pero que fuera algo malo o contra mí, el miedo me invadió, después de semejante recibimiento, la esperanza de tener suerte se volvió una pequeña expectativa de por lo menos pasar desapercibida y volverme invisible. Me quedé en una de las sillas abrazando mi maleta grande, sabiendo que lo de dormir era una posibilidad casi inexistente, pensando que de pronto me la robaran o me metieran algo en ella; pasaron las horas y a las 7 de la mañana me paro de esa silla para ir a buscar los trenes. 

Moverme con mi maleta grande era ya de por sí todo un reto, pesaba 26 kilos, ponerla adecuadamente en las escaleras eléctricas era muy difícil, yendo a la estación de los trenes rodó abajo por una de esas escaleras y casi se lleva por delante a dos personas, en la angustia ni me acuerdo que idioma usé para disculparme. Mi torpeza empieza a volverse exponencial con el paso de las horas, no he desayunado, no he dormido, no tengo casi fuerzas y no sé bien ni para dónde voy. 

Compro los tiquetes del tren, miro el andén donde debía esperarlo y me dirijo allá, llego y hay un tren ya ahí, reviso las pantallas y pienso en que pronto me avisará sobre el tren que debo tomar, me siento, respiro y decido tranquilizarme, me tomo algunas fotos; se va el tren y espero a que venga el mío, espero, espero, espero. Después de casi una hora empiezo a sentir que hay algo mal, me acerco a un señor ya mayor que es quien coordina la salida de los trenes, no habla inglés, le trato de explicar en alemán el tren que espero, me entiende y me dice que ese ya se fue, fue el tren que tuve en frente como 15 minutos. Me explica que ahora ya no hay trenes directos a Erfurt sino que me toca hacer transbordo. Tomo el tren que me indica, llego a una estación donde sólo hay escaleras de cemento y el tren que debo tomar está en otro andén diferente, recuerdo haber pensado botar por esas escaleras la maleta, las fuerzas ya no me daban, pero pensaba que tenía que poder, tenía que alcanzar el otro tren, no podía botar la maleta y posiblemente dañar cosas que llevaba ahí, tenía que sacar fuerzas. 

Lo logro, llego al tren, está llenísimo, no tiene puestos, subo la maleta y me siento sobre ella, espero a que se desocupe algún puesto cercano, me siento y por el agotamiento me quedo profundamente dormida. No puedo describir lo que pasó sino como magia, abro los ojos sin saber cómo ni por qué y veo un aviso que dice: Erfurt. Me levanto como un autómata, el tren está quieto pero ya pronto reiniciará la marcha, me bajo corriendo; cuando estoy a punto de tomar las escaleras eléctricas de la estación, escucho que alguien grita, volteo a ver y es el señor que coordina los trenes bajándome mi maleta grande, la había olvidado. ¿Cómo ese hombre se dio cuenta que esa era mi maleta, cómo alcancé a escucharlo sin siquiera entender nada, cómo me desperté ahí, cómo alcanzo yo a recoger la maleta antes que el tren se empezara a mover… cómo? 

Agarro como puedo mi maleta y empieza ahora la búsqueda del tranvía que me va a llevar a mi Universidad. Mi Escuela de Política Pública me había enviado entre sus documentos un mapa para saber cual tranvía tomar, afortunadamente fue fácil de entender, sin embargo tengo dudas, intento preguntar en inglés a dos trabajadores de la estación, me doy cuenta que saben inglés, pero no me responden, les parloteo lo que puedo en alemán, se ríen y me señalan una puerta. Tomo el tranvía y llego a lo que sólo puedo describir como el paraíso: Erfurt UNIVERSITÄT. Es domingo.  

Luego de recibir en la portería del campus un sobre con la llave de mi cuarto, y de darme cuenta que viviré detrás de la biblioteca de mi universidad, me doy cuenta que tengo un cuarto muy lindo con una bella vista que jamás olvidaré. Vivo en el sexto piso de Plauener Weg 8. La primera noche tengo que dormir poniéndome encima ropa porque no tengo cobijas ni almohada, los domingos no hay nada abierto, un domingo en Erfurt es como un primero de Enero en Colombia. 

Luego empiezan dos semanas bien largas, como sólo pueden ser dos semanas de maletas perdidas. Los primeros días tuve que andar sólo con los dos jeans que me había puesto uno encima del otro antes de viajar; todos mis pantalones estaban en las maletas que no llegaban. Tenía que ir al centro de Erfurt a llamar a Iberia desde un teléfono público donde cada minuto me costaba como 2 Euros, y cada vez daba con una persona diferente a la que tenía que contarle de nuevo toda la historia. Nunca me daban una razón clara, en algún momento me dijeron que ya habían despachado las maletas y que ya tendrían que estar en Alemania, pero las maletas no llegaban. No podía usar mi computador, no tenía pantalones que ponerme, afortunadamente al llegar a la universidad jamás me pidieron los papeles de la admisión, porque si de eso hubiera dependido mi ingreso, no sé dónde habría terminado. Mi mamá en Colombia angustiada, trataba de hacer lo que más podía contactándose con Iberia, mi novio de ese momento estaba en las mismas. Pero todo parecía perdido, en un momento empecé a pensar que las maletas simplemente ya no iban a aparecer, una tarde me quedé mirando por la ventana de mi cuarto, sintiendo que tenía que hacerlo, al momento recibo una llamada, es un hombre hablándome en alemán, yo no le entendía pero presentía que era del correo con mis maletas, sigo mirando por la ventana a ver si lo veo, veo pasar un camión y bajo los 6 pisos corriendo, el camión había seguido derecho y yo empecé a correr detrás de él, de alguna manera logró verme y parar, efectivamente era DPD con mis maletas. 

Ya en ese momento siento que por fin puedo empezar a hacer la adecuación física y mental que semejante travesía y que la pérdida de las maletas no me habían permitido. Adecuarme a mi universidad, a mi escuela, a Erfurt, a Alemania, a mi nueva vida. Todo parecía ir bien pero había algo con lo que yo no contaba, lo que es no saber. Yo llegué en octubre que es la mitad del otoño, comenzaba a acercarse el invierno y uno tiene una idea de él , pero cuán lejana era de la realidad. El invierno es un monstruo. Cuando empezó, yo comencé a sentirme en una pesadilla de la que no me podía despertar. Amanecía a las 8 de la mañana, anochecía a las 4 de la tarde. Ese diciembre de mi primer invierno en Alemania, alcancé a experimentar -23 grados, no puedo ni describir lo que se siente, es la sensación más cercana que he sentido a la asfixia, a la muerte, el cuerpo se llena de una urgencia cuando se siente un frío así, es una urgencia de hacer todo lo que más se pueda para dejar de sentir eso, es una sensación muy extraña. 

Mi ánimo como el sol, no me acompañaba, empecé a deprimirme. A eso se le sumaba mi dificultad para hacer amigos. Me hallé en medio de dos extremos, mis amigas más cercanas eran musulmanas, una indonesa que era mi compañera de apartamento, otra china y otra afgana, que jamás salían, no tomaban, no bailaban y varias de ellas no habían ni siquiera dado su primer beso. Y en el otro extremo estaba el grupo de los latinos, que salían prácticamente todos los días, todos los días tomaban, todos los días rumbeaban casi hasta las 5 de la mañana y cada noche se llevaban a alguien nuevo para sus cuartos. Eran extremos absurdos, yo me hallé en la mitad y la mitad de eso resulto ser un espacio muy solitario. 

Mi desarraigo se hizo aún más grande, sentía una nostalgia profunda, empecé a extrañar todo, me sentía como una planta que sacan de su maceta, perdida, ahogada, que sobrevive pero mal. Empecé a vivir en la hora de Colombia pero en Alemania. Iba a mis clases pero vivía mentalmente en Colombia. Vivía 6 horas atrás. Los fines de semana me levantaba a la hora en que se levantaban en Colombia y me dormía a la hora en que se acostaban. Desistí de hacer amigos, salía muy poco. Después empecé a sufrir de insomnio, algo que jamás me había pasado en la vida, dormir es de lo que más amo y disfruto, ni eso ya podía hacer. Así estuve 10 meses. No veía la hora de volver. Volví. 

Volver fue maravilloso, me recargué de energía, pero también me di cuenta que estaba perdiendo el tiempo sintiéndome tan mal, tenía que reponerme, ser más fuerte, tenía que graduarme de mi maestría y venían aún lo más duro que era la tesis. 

Volví a Alemania y me di cuenta que tenía que cortar con Colombia, tenía que vivir en Alemania, tanto física como mental, como emocionalmente. No podía seguirle dando tanto espacio a la tristeza porque me estaba matando. 

Recuerdo que admiraba la amistad que veía entre una de mis amigas mexicanas y otro compañero mexicano. Era una amistad tan alegre, tan bonita, pensaba en lo maravilloso que sería tener una amistad así, pero la veía imposible para mí. No tenía una cercanía así con nadie, me resigné simplemente a ser fuerte y soportar sola. 

La amistad entre ellos dos empezó a tornarse problemática, mi amiga se había enamorado profundamente de él y él tenía novia en México. Ella y otra amiga colombiana me contaban su versión sobre las cosas que él hacía y veía a mi amiga sufrir constantemente por él. Empecé a sentir rabia. 

Un día cualquiera en una clase hicieron algo que siempre he detestado, nos pidieron que nos organizáramos en grupos para hacer un trabajo. Sabía que no era lo suficientemente cercana a nadie y que iba a terminar en un grupo con todos los x sin amigos como yo. Cuando empecé a mirar hacia todos lados vi que mi compañero mexicano también estaba solo. La verdad es que el problema con mi amiga se volvió tan grande y complejo que él terminó aislado y aislándose. A raíz de todo ese problema empezó a propagarse la idea que él era una mala persona, que sólo había jugado con ella y que no era un buen amigo. Nos miramos y viendo que no había nadie más decidimos hacer un grupo junto con otra afgana que jamás iba a clase y que preciso ese día estaba y a la que no pudimos decirle que no. 

El trabajo que tocaba hacer no era sencillo, sin embargo, él era supremamente estudioso e inteligente. Vivíamos en el mismo edificio, así que nos quedaba muy fácil vernos para trabajar. Empezamos a encontrarnos cada vez más frecuentemente y empezamos a darnos cuenta que nos gustaban los mismos grupos musicales. Para mí fue como una epifanía. Nunca había tenido un solo amigo al que le gustaran los mismos grupos musicales que mí. Quien me conozca sabe cuan importante es la música, así que eso era algo inmenso. No sólo nos gustaban los mismos grupos, él me mostró otros dos, uno de los cuales se convirtió en mi grupo favorito: Arcade Fire. 

Nos volvimos los mejores amigos. Mi amistad con él me hizo infinitamente feliz. Me permitió vivir muchos de los momentos más felices de toda mi vida. Era maravilloso tenerlo de amigo, además porque él hablaba perfectamente alemán, había vivido antes en Austria y por muchos años tuvo una novia de allá. Y también porque era muy juicioso, entonces cuando fue el momento de hacer la tesis, su disciplina fue decisiva para superar el bache en el que por un tiempo estuve y del que pensé que no iba a salir. Sobre todo porque otro de los retos más grande de mi vida fue hacer toda una tesis sobre desplazamiento forzado y pobreza extrema en Colombia, en inglés.

Era chistoso porque mis amigas latinas no debían saber que éramos tan amigos; se habrían escandalizado. Yo hablando con él, me di cuenta que haber escuchado sólo una versión de las cosas no había sido justo y mucho menos haber hecho juicios cuando no conocía la otra cara de las cosas. Me di cuenta que él había sufrido mucho también. Así que por la magia de la vida nos encontramos en un momento en el que los dos necesitábamos más que nunca un amigo, uno de verdad. 

Para que ni ellas ni nadie se diera cuenta nos veíamos a escondidas, en clase nos mirábamos de lejos pero actuábamos indiferentes y nos inventábamos historias cuando nos veían juntos o cuando no íbamos a alguna cosa por pasar tiempo los dos. Era muy divertido. Pero como alguna vez escuché: el amor no se puede ni disimular ni pretender por mucho tiempo. Así que luego de un tiempo ya todo el año de maestría supo que éramos muy amigos y nosotros dejamos de pretender que no. Incluso hacíamos viajes juntos. Recuerdo mucho el viaje que hicimos a Múnich con uno de sus mejores amigos de México que fue a Alemania. Son recuerdos muy felices. 

Nunca había tenido un amigo tan cercano, nos queríamos profundamente, sabíamos muy bien la historia del otro, éramos conscientes que iba a llegar el día en que tuviéramos que dejar de vernos y volver a nuestros países, con nuestras parejas, a nuestras vidas y a nuestras realidades. Sin embargo, aprendimos a disfrutar cada segundo, cada minuto juntos. Yo dejé de extrañar Colombia, dejé de extrañar todo, de hecho ya no quería volver. Gracias a su amistad logré un nuevo nivel de libertad. Su amistad es de los tesoros que voy a agradecer toda la vida haber encontrado. Creo que por amistades así es que vale la pena vivir. 

Recuerdo el día que él viajaba ya de vuelta a México, recuerdo haberlo abrazado y haberle dicho que esperaba que eso beso y ese abrazo que le daba, duraran hasta cuando volviéramos a vernos. Igual no importa si volvemos a vernos o no. El siempre estará en mi corazón, su amistad me salvó y mi amistad lo salvó a él. Nos salvamos mutuamente, nos salvó el amor, lo único que nos salva en esta vida, de ella misma y de la muerte. 

Yo al poco tiempo volví a Colombia, volví al país de mis amores y de mis dolores, a cortar lazos que estando en Alemania me di cuenta que no me beneficiaba tener por la persona que era, a desaprender comportamientos que me había dado cuenta que no me dejarían ser la persona que quería ser, a rehacer mi vida o más bien a empezar a hacerla, bajo mis propias reglas, con mis verdades, con lo que era y con todo lo que había dejado de ser. 

Creo con absoluta convicción, que más allá del título que me traje de Alemania, donde además me becaron dos semestres y me dieron un premio por la fundación que en ese momento tenía aquí en Colombia, la experiencia de haber vivido afuera, de haber experimentado la más profunda soledad, pero también la más profunda compañía, es algo inigualable. Recuerdo haberle dicho a mi mamá, para consolarla en su tristeza por mi partida, que iba a volver siendo una mejor persona. Así fue. No es el mismo el que vuelva que el que se va. 

Volví reafirmando mi valor, no sólo como profesional, sino como ser humano y como mujer, con una fortaleza que jamás pensé tener, con una seguridad en lo que soy y en lo que sé, volví con todas las herramientas para diseñar mi vida tal cual como yo la quiero. Recuerdo haber soñado estando en Alemania que quería vivir aquí en Colombia de la forma en que vivía allá pero junto con mi gordito. Y así lo hice, y así lo he hecho. He tenido tanta suerte. 

Este bello ciclo ha terminado, ahora vienen otros retos, de nuevo afuera. Y pienso que si logré lo impensable ya una vez, bien puedo volver a hacerlo.

*La foto de cabecera fue tomada por mí, el 31 de diciembre de 2010 en la puerta de Brandenburgo en Berlín, Alemania.

De la tristeza y de la alegría

Hay una tristeza sorda que me acompaña
Una melancolía perpetua que jamás me extraña
Mis alegrías la conocen

Me pregunto cuándo empezó a hacer parte de mí
¿Es este un sino del que jamás podré huir?

Aveces pienso que así mi vida fuera tal cual la sueño
Que así tuviera absolutamente todo lo que quiero
Igual la vería a mi lado en el espejo
Tranquila, sosegada, firme
No me mira pero yo la veo gris y luminosa

¿Será producto de mi entrañable soledad?
Esa que desde siempre está

¿Será producto de la inteligencia?
Esa que desde siempre quiero que esté

De qué se trata la vida si no es de engañar a la tristeza
La tristeza definitiva y persistente que la rodea y que la atraviesa
De qué se trata la vida sino es de cultivar ilusiones
Las suficientes como para creer que hay razones
Las suficientes para hacernos olvidar
Que vivir es tener que aceptar
Que el miedo, la frustración y la injusticia
Hacen parte del día a día
Y que mientras estas aparecen por borbotones
No hay nada más esquivo que la alegría

Sobre la crisis intergeneracional o de las mezquindades reminiscentes

La idea de que la edad no importa es totalmente errada. La edad importa para todo. Y es que es impensable que no importe cuando es precisamente el tiempo que pasa entre el momento en que nacemos y el momento en el que morimos al que llamamos vida. La vida en su sentido biológico no es más que eso. Un tiempo, en el que por alguna razón que todos desconocemos y que eventualmente puede que descubramos, salimos de la nada convertidos en seres sintientes, con capacidad de desarrollar pensamiento, movilidad, impacto en el mundo y en otros. 

Tal es la importancia de la edad, que Adam Smith en su libro: Teoría de los Sentimientos Morales, señala que la verdad es legítima cuando es auténtica, que cuanto más propia y personal más verdad es, que esta se construye a través de la experiencia y las vivencias de cada uno; en otras palabras, que cada persona construye sus propias verdades, porque no hay nada más cierto para uno que lo que uno mismo vive y experimenta. Es por eso que las verdades al depender de las experiencias de uno, varían irremediable y totalmente de acuerdo al tiempo que lleve uno viviendo, esa es la medida incontrovertible de la existencia. 

La edad permite medir de forma simple y sencilla qué tanto tiempo uno ha tenido para construir sus propias verdades y siquiera para ser consciente que es necesario construirlas. 

El derecho ha entendido esa realidad irrefutable, y es por eso que se establecen disposiciones legales que señalan prohibiciones explícitas de actos y tipos de relacionamiento entre seres humanos, única y exclusivamente basándose en la edad de los implicados. 

Sin embargo, y como desafortunada muestra de lo que nos caracteriza como especie, ni siquiera teniendo el tiempo suficiente para construir nuestras propias verdades lo hacemos. Ni teniendo el tiempo suficiente para desarrollar nuestro intelecto lo hacemos, ni contando con toda la información necesaria para analizar de forma sensata e inteligente nuestra realidad, lo hacemos. La estupidez, característica intrínseca de todo ser humano, nos puede una vez más. Y no hay muestra más fehaciente de esto que las personas mayores. 

Si hay algo que es cada más evidente, es que una de las crisis más desafiantes que enfrentamos en la sociedad actual es la intergeneracional. Esto seguramente porque como pocas veces en la historia de la humanidad, los cambios tecnológicos, culturales y sociales nos han llevado en una ola inmensa de Tsunami que nos ha hecho sentir elevados, sólo para luego estrellarnos contra el suelo y hacernos ver que el tema de la modernización sin modernidad es mucho más complejo y profundo del que estamos dispuestos a aceptar. 

Sin embargo, es preciso decir que esta crisis no es en lo absoluto producto de la era contemporánea, esto ha existido por siempre, desde el primer homínido que piso este planeta; lo que pasa es que ahora es mucho más evidente porque la tecnología nos hace darnos cuenta cada día que las diferencias entre las diferentes generaciones parecen ser abismales.

El hecho es que el ser humano batalla por instinto para primero no morir, pero además también, siendo un ser en esencia social, para no dejarse quitar su lugar en la sociedad. Lo último que queremos los seres humanos es sentirnos inútiles, así lo seamos, sin embargo, la triste realidad es que entre más tiempo pasa más inútiles nos volvemos en todos los sentidos. Es la dureza de la vida. Lo curioso es que como pasa con muchas otras cosas, los seres humanos preferimos casi siempre mirar para otro lado cuando de reconocer nuestras limitaciones y falencias se trata. Y ahí es cuando se evidencia una de las consecuencias más fuertes de la inevitable y cada vez más dramática crisis intergeneracional que vivimos: Buscar a como dé lugar mantener un lugar en la sociedad así eso signifique condenarla al atraso. 

Y es que esta reacción dramática y tan común, se agrava cuando esas personas que ya llevan un buen tiempo en este mundo, se empiezan a dar cuenta de la cantidad de errores que han cometido en el pasado, la cantidad de fracasos que acumulan, la cantidad de heridas que han causado, la mediocridad en la que han vivido y lo poca o nula capacidad de adaptación que tienen. 

Como todo ser humano que se respete, estas personas tienen gran temor de reconocer sus fallas y su fracaso en hacer del lugar en el que han existido, uno decente. Y es que sólo hace falta echarle una mirada al tipo de país, y en general al tipo de mundo en el que vivimos, para darnos cuenta que todas las generaciones de seres humanos que han pasado por él, han fallado estrepitosamente en hacerlo un lugar digno. Seguramente entre reproducirse y no morirse de hambre, hombres y mujeres han estado muy ocupados como para pensar qué tipo de mundo es el que han labrado y que tipo de existencia es la que nos hemos impuesto nosotros mismos. ¿Entre tanto árbol pues cómo se supone que veríamos el bosque?

Juventud divino tesoro que muchos malgastan sin siquiera darse cuenta. Lo más triste de la historia es que en muchas ocasiones son viejos los que hacen que los jóvenes boten su juventud al abismo. El mejor ejemplo de esto es la guerra. Y esta es muestra de la mezquindad de la que adolecen muchos que ya han tenido tiempo suficiente para darse cuenta que la forma más cómoda y eficiente de librar una guerra es hacer que otros pongan el pellejo y se maten en ella. Ya lo decía Erich Hartmann, quien fue soldado: “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan” (1).  

No hay escenario que acabe más con la inocencia y la dignidad de un ser humano que la guerra. Y si hay algo más mezquino que apoyarla es apoyarla sabiendo que quién va a estar en el campo de batalla no es uno. Aún a pesar de eso, la guerra sigue y seguirá siendo una de las actividades preferidas del ser humano, no hemos sabido que hacer con nuestra existencia por lo que nos sigue pareciendo buena idea acabar con la de otros. 

Lo que mucho se olvida es que la guerra a diferencia de otro tipo de actividades humanas, jamás está al servicio del ser humano. La guerra por su misma naturaleza, por ser al mismo tiempo la negación de la dignidad y de la vida, vuelve a quienes se involucran en ella esclavos de la misma. La especie humana que es fanática a morir de matarse entre ella, se labró precisamente así, a punta de sangre y fuego, priorizando la confrontación violenta, eliminando al otro, exterminando lo que no entiende, arrasando con todo. Y pareciera estar en nuestra psiquis.

Pero bien lo señala Martha Nussbaum en su libro: Sexo y Justicia Social (1998): De pensar que las tradiciones son todas buenas seguiríamos viviendo en las cavernas. No hay por lo tanto nada que se oponga más a la evolución y al desarrollo del ser humano que luchar por hacer vigente el pasado en el presente, que buscar que las cosas se mantengan igual o que sean como antes, y en particular, defender un status quo como el actual, paupérrimo por decirlo menos. El problema es que como excelentes seres humanos, los que ya llevan aquí su buen tiempo prefieren siempre malo conocido que bueno por conocer. Y esto se aplica para todo. 

No obstante, esa idea es una generalidad en el ser humano, la cual no está determinada por la edad sino por su naturaleza. El hecho es que las personas tenemos un miedo innato a lo que desconocemos. Esto seguramente está fuertemente relacionado con el instinto de supervivencia; lo irónico es que de tanto miedo a lo que no conocemos hemos terminado por contradecir la finalidad de ese mismo instinto y amenazar nuestra propia existencia. Esto se evidencia en el amor por la guerra. 

La estupidez del ser humano es infinita y con tal de que no lo saquen de su zona de confort prefiere seguirse matando que dejar de hacerlo. Y si hay alguien que lo dude que venga a Colombia. Para mí no hubo día en el que más corroborara lo que aquí escribo que cuando fui testigo electoral en las pasadas elecciones presidenciales del 2018. Lo fui en un puesto de votación medianamente grande, con aproximadamente 13 mesas, en el que como en todos, las cédulas se distribuyen en cada una según el número. Las primeras mesas tienen las cédulas con los números más pequeños (personas mayores) mientras que las últimas tenían las cédulas con los números más grandes (personas jóvenes). La conclusión saltaba a la vista y se constató en el conteo de votos, en la segunda vuelta, mientras que el 80% de los ancianos votaba por Duque, el 80% de los jóvenes votaban por Petro. 

Muchos venerables ancianos llegaban desde tempranas horas de la mañana a depositar sus votos y escoger así el conocido y reconocido camino en Colombia de labrar todo a punta de sangre y fuego, priorizando la confrontación violenta, eliminando al otro, exterminando lo que no entiende, arrasando con todo. 

Estos honorables abuelos que seguro querrán mucho a sus nietos, no tuvieron el menor reparo en votar porque sus propios nietos y los nietos de otros se maten entre ellos. Pero pues cómo vamos a culpar a estos respetables adultos mayores que nacieron en un país que no se ha dedicado a otra cosa que hacer la guerra. No saben lo que es vivir en paz, porque desde que vinieron los españoles a masacrarnos y exterminarnos desde 1492 y luego con la mescolanza que quedó hacer un intento de República, no hemos hecho otra cosa que matarnos entre nosotros y hacer todos los méritos para ser una Patria Boba. 

Estos colombianos que han vivido tantos años en este país, no saben cómo es vivir en paz, qué se siente, y mucho menos cómo se llega a ella. Lo triste es que tampoco les interesa saber. La fórmula que aplicamos en este país es poco novedosa y es la que caracteriza a la especie humana. Si no entendemos algo, si no lo conocemos, lo mejor es eliminarlo. 

Pero esto tampoco es sólo un rasgo de estos honorables colombianos mayores, en Alemania pasa exactamente lo mismo. Yo que tuve la oportunidad de hacer mi maestría y vivir dos años allá, también lo corroboré con mis propios ojos. Ver eso siempre es doloroso y verlo en uno de los países más desarrollados del mundo lo aterriza a uno a la realidad y al tergiversado y maniqueo concepto que tenemos de desarrollo. En Alemania no hay personas más fascistas, ni racistas, ni belicosas que los ancianos, y si viven en Alemania del Este, peor. Porque sí, aún hoy sigue habiendo dos Alemanias. Pero pues no hay tanto de lo que extrañarse, hasta hace sólo 80 años el régimen alemán con apoyo de la gran mayoría del pueblo, enviaba a cámaras de gas a hombres, mujeres y niños, no sin antes torturarlos, explotarlos, robarlos, experimentar con ellos y  denigrarlos de formas inenarrables. 

Es por esto que la guerra sin importar lo evolucionado que se proclame un pueblo, sigue siendo un rasgo humano muy humano. Empero, nunca es tarde para salir de esa caverna en la que llevamos metidos toda nuestra historia sobre este planeta. Las generaciones jóvenes no pueden seguir librando guerras que no son de ellos, por darle gusto a personas que ya tuvieron suficiente tiempo para hacer las cosas de otra manera, matarse entre ellas y darse cuenta que no es la salida. No hay razón alguna para se sigan sacrificando jóvenes por viejos que viven a expensas de sus vidas. No es ético, no es lógico, es estúpido. Parir hijos para la guerra es absurdo. 

La lucha por la dignidad humana es larga y eso incluye luchar contra todo eso que nos quiere anclar al pasado, a lo ya conocido, a lo que ya fue, y es una lucha que toca dar en todos los espacios, eso incluye los laborales, culturales, académicos, espirituales, afectivos y mentales. 

Las personas que llevan mucho tiempo aquí patalearán, se quejarán, juzgarán y opondrán toda la resistencia que puedan porque la condición humana es así. La grandeza no nos caracteriza y mucho menos el aceptar que nuestro tiempo ya pasó y que ahora los protagonistas son y tienen que ser otros. Es natural. Para allá vamos todos, la esperanza es que nos parezcamos cada vez menos a lo que hemos sido y empecemos a dar pasos a eso que nos dijeron que éramos pero que poco demostramos ser. 

Es vital que las reminiscencias no nos sigan quitando la posibilidad de construir nuevos recuerdos, que el pasado no nos siga dejando sin futuro y que la senectud no nos siga arrebatando la juventud. Ya que osaron traernos a este mundo, lo mínimo es que nos dejen cambiarlo.

Referencias

(1) https://suplesnet.wordpress.com/2016/05/12/erich-hartmann-la-guerra-es-un-lugar-donde-jovenes-que-no-se-conocen-y-no-se-odian-se-matan-entre-si/comment-page-1/

La única vida mejor que la muerte es la vida digna

La vida no tiene valor absoluto, si hay algo que debería estar siempre por encima de la vida, entendida esta en su sentido biológico, es la dignidad. La vida sin dignidad no vale la pena. La vida sin ella es un durar doloroso y absurdo. 

La dignidad le da sentido a la vida, o dicho mejor, es la que da la posibilidad de buscar y encontrarle sentido a la vida. La vida por sí sola no tiene sentido, cada uno de nosotros es responsable de darle sentido a su existencia. No hay destino, no hay plan oculto, no hay designio divino, cada uno debe darle sentido al sin sentido que es existir, al estar aquí sin haberlo pedido, sin haberlo planeado y sin saber para qué (1). 

La dignidad es un concepto complejo que relaciona tanto al nivel más básico de la condición humana como al más desarrollado. En pocas palabras tiene que ver con lo más vital de la existencia, pero a su vez con lo más trascendente. Es por lo tanto uno de los conceptos que más fácilmente puede variar en significado y connotación de una persona a otra y sobre todo de una cultura a otra. Hay sin embargo una definición sencilla y concreta que embarga a su vez esa complejidad: La dignidad es ser tratado como lo que se es (2). La dignidad humana por su parte, es un concepto moderno a través del cual se plantea que el ser humano es merecedor de respeto por el simple hecho de serlo (3).  

La dignidad suele ser un concepto asociado con el reconocimiento que otros le dan al individuo, sin embargo, la dignidad está a su vez íntimamente ligada con el respeto y el reconocimiento que hace el individuo de sí mismo. Dworkin establece esta relación a través de dos conceptos: el auto respeto y la autenticidad, los cuales se traducen en una dignidad humana producto del propio actuar (4). Este punto es para mi clave porque evidencia la necesidad existente de que cada individuo pensante analice y reconozca a través de su propia capacidad cognitiva su condición como ser humano. No hay forma alguna que pueda haber dignidad humana sin ese simple pero a la vez complejo racionamiento. Dependiendo de la manera en que cada ser humano lo haga, de eso dependerá a dónde llegue, lo que hará con sus días, la forma en que se tratará a sí mismo, la manera en que tratará a los otros y lo que en términos generales hará con su vida. 

Es tan central este auto reconocimiento que John Rawls en su célebre libro Teoría de la Justicia, señala que el respeto por sí mismo es el bien primario más importante, razón por la cual lo pone en su lista en el primer lugar (5). Esos bienes primarios son para Rawls, todos aquellos que los individuos racionales requieren para llevar a cabo sus planes de vida. 

Es por lo tanto el concepto de dignidad, uno que atraviesa todos y cada uno de los problemas de la existencia humana, de la vida en sociedad, de la vida en soledad, de la vida en abundancia o en escasez, de la vida como hombre, como mujer o como intersexual, de la buena vida o de la mala. Y es por eso que es un concepto que abarca todo lo relacionado con el desarrollo humano, término tan legendario como incipiente. No porque se acuñe recientemente como tal, no significa que no haya existido desde el primer momento en que el homo sapiens se reconoció a sí mismo como tal. De allí que teorías como la de las capacidades de Amartya Sen (6) y más recientemente la de Martha Nussbaum (7) lo ubiquen en el centro de sus disertaciones. Lo que recalcan teorías como esa, es la importancia y en particular, la necesidad que tienen los seres humanos de poder pensar y llevar a cabo sus planes de vida, sin ningún tipo de presión, de coerción ni de limitación innecesaria e impuesta por externalidades que no tendrían legítimamente por qué existir y que van en contra de lo que el ser humano es, y de la vida y del plan que en esta busca realizar.  

Esto se traduce en la libertad y autonomía que cada una de las personas debe tener para primero pensar qué quiere hacer con su vida y luego en cómo quiere hacerlo, con quién y hasta cuándo. Esto va desde no obligar a ninguna mujer a ser madre si no quiere, hasta permitir que una persona que ha decidido terminar con su vida lo haga. 

Lo máximo que se puede hacer por otra persona que se enfrenta a decisiones trascendentales como esas, es brindarle información, acompañamiento, apoyo y silencio. La compasión, que es para mí la mayor virtud de un ser humano, tiene también su límite. Ni siquiera habiendo pasado por la misma situación podremos estar totalmente seguros de la manera en que otra persona siente frente a ella. Cada uno de nosotros en esta vida cargamos con nuestras experiencias, nuestras verdades, nuestros secretos, nuestros dolores, nuestros orgullos, nuestras alegrías y nos es imposible así lo imaginemos, conocerlas todas ellas de otras personas que no seamos nosotros mismos. La dignidad humana empieza ahí y termina cuando empezamos a pensar que sí. Empezar a pensar que uno sí sabe y el otro no frente a una vivencia que ese otro está experimentando y uno no, es el primer paso para anular su inteligencia, desconocer su capacidad de raciocinio y su dignidad como humano. 

La inteligencia del ser humano también se manifiesta en reconocer lo que no se sabe, lo que se desconoce, no nos la sabemos todas, así creamos que sí. Hay un dicho simple y certero al respecto: ‘’Nadie sabe la sed con la que otro bebe’’

La compasión aquí cambia un poco su sentido; ya no se trata de imaginarse en el lugar del otro apelando a nuestra inteligencia y sensibilidad, buscando sentir lo que el otro siente, sino en pensar cómo quisiéramos que nos trataran a pesar de que no nos entendieran. Esa también es compasión y para hacer la vida humana digna, es una forma de compasión muy importante. 

No hay dignidad humana sin libertad. No hay sentido de la existencia si al individuo humano, siendo humano por ser capaz de razonar, planear, calcular, sentir, comunicar, identificar y crear, no se le permite ser lo que nació para ser. 

Hay muchas estructuras que han llegado a hacerle pensar al ser humano, hombres y mujeres y en particular a las mujeres, que su existencia y la forma en que la llevan ni siquiera les pertenece. Convertimos este mundo en uno en el que no vivimos para nosotros mismos sino que vivimos para otros que ni vemos. 

Es difícil romper con esas estructuras en particular cuando muchas se han cimentado desde la espiritualidad, desde la moralidad, desde el temor, la exclusión y la ignorancia. Nos han hecho pensar de muchas maneras que no somos dignos de decidir por nosotros mismos, como si hubiera un solo ser humano que supiera perfectamente lo que está haciendo, que supiera exactamente todo lo que está bien y mal, cuando la verdad es que no lo hay. Todos creemos saber para donde vamos cuando no hay nada más alejado de la realidad que eso, no conocemos todas las consecuencias de nuestros actos, ni el desenlace de nuestra vida, no sabemos con exactitud cuándo ni cómo vamos a morir; somos seres cuyos destinos no sólo están determinados por sus acciones sino también por el azar, por la entropía y por la incertidumbre. 

Pocas cosas podemos controlar en esta vida, no permitirle a una persona controlar algo que sí puede, que hace parte de su esencia como humano, es una forma efectiva de hacer de su vida un infierno. 

Si hay algo claro es que con la dureza de la vida, la única que llega a tener sentido vivir es una donde haya dignidad y eso aunque suene paradójico, implica que ni aún la vida esté por encima de ella. 

Referencias

1 https://www.nytimes.com/es/2017/08/02/importa-que-tengas-un-proposito-en-la-vida/

2 https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0041863313711219#sect0035

3 Ibíd. 

4 Ibíd. 

5 Rawls, John. Teoría de la Justicia. 1999. 

6 Sen, Amartya. Desarrollo como libertad. 1999. 

7 Nussbaum, Martha. Las mujeres y el desarrollo humano. 2002. 

La maldad y la estupidez humana

‘’Dos cosas son infinitas: El universo y la estupidez humana, y sobre el universo no estoy seguro’’ Albert Einstein. 

La estupidez y la maldad parecen más relacionadas de lo que se suele pensar. No son pocas las veces al día, ni pocas las veces durante toda la vida en la que cruza  la siguiente pregunta al ver el actuar de muchos: ¿Lo que hace, lo hace por estupidez o por vileza? Esa pregunta me acompaña todo el tiempo, me la hago y la hago a otros constantemente. Afortunadamente, no soy la única que se la ha hecho. Prueba de eso es el denominado principio Hanlon: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”(1). 

Este principio es clave y sobre todo en una sociedad como la colombiana en la que persiste la idea del ‘’vivo’’ como virtud. El ‘’vivo’’ es un ser que se aprovecha de la inocencia, descuido y/o bondad de los demás para satisfacer intereses personales. Ser ‘’vivo’’ en Colombia es visto como algo bueno, algo que de forma absurda (estúpida) termina asociándose con inteligencia. Es bastante probable que esta idea cause y perpetúe la vorágine de violencia, desprecio por la vida y dignidad humanas que desde nuestro inicio como República orondamente hemos desarrollado.

El objetivo del presente escrito es demostrar cómo la maldad poco tiene que ver con la inteligencia y que al contrario de lo que se cree, con lo que está íntimamente relacionada es con la estupidez. Demostrar que un país como Colombia, donde la muerte, la guerra, la corrupción, la vileza y la psicopatía pululan y se exacerban, no está lleno de malos (mucho menos de ‘’buenos’’) sino de estúpidos. 

Lo primero que es preciso aclarar es qué se entiende por estupidez. Estupidez es todo aquello opuesto a la inteligencia, una incongruencia en el comportamiento que refleja incapacidad de adquirir, procesar y comunicar conocimiento. La estupidez requiere del auto engaño para resistirse a obtener y analizar información nueva que podría significar un cambio en el sentir, el pensar y el actuar. Es por esto que no permite distinguir la idea principal de la secundaria, lo esencial de lo superficial, lo importante de lo accesorio, lo urgente de lo que puede esperar (2).

A pesar de que la estupidez se extiende y como lo señaló en su momento Einstein, llega a caracterizar a la especie humana, hay una falta importante de estudios académicos. Mientras que sobre la maldad se han escrito tratados y millones de páginas, sobre la estupidez en comparación se ha investigado y escrito bastante poco. Es probable que la soberbia sobre la cual fundamos nuestra concepción sobre nosotros mismos tenga mucho que ver con este déficit de estudios. 

Irónicamente ha sido una completa estupidez esta falta de investigación, una que pagamos bastante caro todos los días, en particular en la actualidad donde es más que evidente que la estupidez gobierna al mundo: Sólo hay que ver el actual presidente de la auto proclamada primera potencia: EE.UU. 

De la estupidez nadie se escapa, (aunque es obvio que hay seres humanos más estúpidos que otros) la estupidez es inherente a nuestra condición humana. Luchar contra ella es imperativo. Algunos tips son cultivarse a sí mismo, educarse, leer, evitar fanatismos, rechazar dogmas, cuestionar, no dar por sentado nada, controlar el ego, eliminar la soberbia y el más importante: ser compasivo. 

Y he aquí donde la compasión y la bondad se alejan totalmente de la estupidez, y donde la maldad termina irremediablemente relacionada con ella. Para ilustrar este punto definamos ahora maldad. La maldad es la condición de buscar generar un perjuicio sin medir sus consecuencias (3).

Y es precisamente allí, en ese desinterés en medir las consecuencias donde radica el vínculo profundo y causal que tiene la la maldad con la estupidez. El no prever las consecuencias de nuestros propios actos nos hace inevitablemente estúpidos. Es difícil saber hasta dónde ese perjuicio que cometemos en aras de satisfacer algún interés particular no nos afectará a nosotros mismos. Y saberlo todo es algo en lo que los humanos creemos ser buenos pero como suele pasar nos equivocamos. A pesar de auto proclamarnos los dioses de la creación, los reyes del planeta, seguimos siendo profundamente estúpidos. Qué mejor muestra de esto que el darse cuenta que no hay ni meteoro, ni raza alienígena, ni enfermedad, ni azar que nos tenga hoy en día en más peligro de extinción que nuestro propio accionar como humanos. Todos los días, gracias a la manera en que construimos nuestra existencia como especie, nos envenenamos un poco más, nos ahogamos en nuestros propios deshechos y matamos el único planeta que conocemos donde es posible nuestra vida, eso sin hablar que todos los días nos hacemos esa misma existencia totalmente miserable unos a otros. Somos agentes de la infelicidad propia y ajena.

Lo que muchos llaman maldad es realmente una completa incapacidad de ponerse en el lugar del otro, una absoluta ausencia de compasión que redunda en desinterés por prever el daño que se está infligiendo y por lo tanto pensar en las consecuencias que para sí mismo ese daño puede conllevar, retomando lo señalado antes: una incongruencia en el comportamiento que refleja incapacidad de adquirir, procesar  y comunicar conocimiento, en otras palabras: estupidez. 

Esa profunda incapacidad se evidencia grotescamente en la eliminación física del otro, es el reconocimiento de la propia ineptitud de apelar al intelecto de ese otro e intentar convencerlo o siquiera explicar los propios intereses o ideales, la mayoría de ocasiones porque se sabe de antemano de su bajeza y/o mediocridad. El valor de lo que es realmente la política se basa en esa dinámica, en comunicar ideales apelando al intelecto de ese otro. Por eso es que tan pocos hacen realmente política. 

No por nada decía Goethe en una de sus más célebres obras: Los malentendidos y la negligencia crean más confusión en el mundo que el engaño y la maldad. En todo caso, estos dos últimos son mucho menos frecuentes. (Werther, 1774) 

Es por esto que para ser compasivos hay que usar el cerebro y para usar el cerebro se requiere inteligencia y que mejor momento para definirla. La palabra inteligencia viene del latín intelligentia y está compuesta por dos términos intus (“entre”) y legere (“escoger”). Por lo tanto, el origen etimológico del concepto de inteligencia hace referencia a quién sabe elegir (4), por eso entre cometer una acción que hace daño o podría hacerlo a otros e incluso a mí mismo, y no hacerlo, el inteligente opta por la mejor opción que es no hacerlo mientras que el ‘’malo’’ opta por la otra, lo que como ya se señaló no lo hace malo, lo hace estúpido. 

Para ilustrar este punto retomaré una idea que señalé en mi artículo de Compasión y Coherencia: Claves para la excelencia profesional, donde señalo que una mala persona no puede ser un buen profesional. Una de las razones para eso es que cuando una persona se mueve por intereses egoístas como la avaricia, la sed de poder, el egocentrismo, el sadismo, el narcisismo o el arribismo, pierde de vista factores y variables que pueden afectarlo por el apego mismo que ha desarrollado hacia esos intereses, mientras que la bondad tiene el potencial de neutralizarlos. 

Un ejemplo extremo y diciente es Ted Bundy. Su caso ha vuelto a ponerse de moda a raíz de la serie documental que hace poco lanzó Netflix. Este es uno de los asesinos en serie más reconocidos de la historia estadounidense. Yo recuerdo haber leído su caso en alguna revista siendo muy pequeña y recuerdo que conocer esos relatos me impresionó. Ahora y gracias a este documental, se puede ver de cerca este caso que demuestra de forma fehaciente que la maldad es poco frecuente mientras que lo que abunda es la estupidez. La estupidez de este célebre asesino y del mismo sistema judicial y policial de su país. El hombre fue capaz de ponérselos de ruana como diríamos en Colombia. Pero ese es otro tema. Lo realmente impresionante es que uno de los símbolos de la maldad en la historia reciente de EE.UU tiene mucho más de estúpido que de malo. Era tanto su narcisismo que en los juicios que sucedieron a sus crímenes, él pidió ser su propio abogado (solicitud que el juez del caso aceptó, a pesar de que no había hecho sino unos pocos semestres de la carrera de derecho) y en el momento del interrogatorio a uno de los policías que inspeccionaron la escena de uno de sus crímenes, este supuesto genio del mal pidió que le relatara cómo había encontrado el cuerpo, cómo tenía puesto los brazos, qué tipo de vejaciones había sufrido la víctima y un recuento pormenorizado que estaba en el informe policial y que no había necesidad alguna que describiera nadie. Cuán grande sería su afán de magnificar sus actos que él mismo, representándose a él mismo, lo único que logró fue ponerse aún más en evidencia y exaltar su culpabilidad. 

El psicópata de la sonrisa perpetua, que a lo único que realmente temía era a su propia muerte, se echó la soga al cuello, o más exactamente, se sentó a sí mismo en la silla eléctrica, porque su ejecución en ella en 1986 no fue más que obra de su propia estupidez, teniendo en cuenta que de haber sido por el sistema policial o judicial estadounidense, todo parece indicar que se hubiera muerto de viejo. 

En conclusión, Ted Bundy no era malo, era estúpido. Para que alguien fuera realmente malo tendría nada más y nada menos que leer el futuro. Saber exactamente todas las consecuencias que tendrán sus acciones viles y de esa forma asegurarse que de ninguna manera va a terminar siendo víctima de su propia maldad. Claro que hay ‘’malos’’ que se salen con la suya, pero eso no es más que suerte, de ninguna manera podría adjudicársele a su inteligencia. 

¿Y el que siendo bondadoso y compasivo comete actos con esas cualidades y termina siendo víctima de otros? ¿No es también estúpido? No, no lo es y para explicarlo utilizaré la teoría de la estupidez de uno de los pocos teóricos que ha escrito sobre ella: Carlo Cipolla. Según este autor italiano en su ensayo Allegro ma non troppo (1988) (literalmente, “alegre pero no demasiado”) hay cuatro tipos básicos de personas: El incauto, cuyas acciones lo perjudican, pero generan ventajas a los demás; el inteligente, cuyas acciones lo benefician a él y a los demás; el malvado, que saca ventajas y daña a los otros y, finalmente, el estúpido cuyas acciones le generan daño a él como a los demás, ocasionando una pérdida mutua (5).

Por lo tanto quien actuando de manera bondadosa recibe un daño es un incauto, jamás un estúpido. 

Entre lo más relevante que formula esta teoría y que es a su vez preocupante, es que la estupidez puede ser contagiosa luego de una larga exposición a ella (Y esto fácilmente se sustenta teniendo en cuenta los estudios de comportamiento de la psicología social sobre la presión de las masas en el individuo, basta recordar el experimento de Asch en los años 50) (6) y que la estupidez es más peligrosa que la maldad. 

No sobra mencionar lo que para este autor son las leyes fundamentales de la estupidez: 

  1. Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.
  3. Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.
  4. Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.
  5. Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Y respecto a este último punto vale la pena mencionar un caso histórico documentado por Hannah Arendt en su libro: Eichmann en Jerusalén, el cual tiene por subtítulo: La banalidad del mal. En este maravilloso libro Arendt logra evidenciar que algunos de los peores criminales en la historia moderna no eran más que seres de las más bajas capacidades intelectuales y la más profunda estupidez. Individuos que guiados por su ego, por sus miedos, inseguridades, por su ignorancia y falta de previsión, llevaron a todo un país y a buena parte del mundo a su destrucción. Hitler es la mejor muestra que detrás de lo que parece total maldad, no hay más que infinita estupidez. Llevar su propio país al abismo, cometiendo los peores vejámenes a millones de personas, mandando a la muerte a sus propios soldados, declarando la guerra a naciones enteras sin prever los efectos catastróficos para sus ideales y para él mismo, es muestra vehemente de estupidez, de su peligrosidad y de su íntima relación con lo que conocemos como maldad. 

Respecto a los numerosos estudios que se han hecho sobre la maldad, hace poco se dio a conocer uno que habla sobre los rasgos que la determinan en los individuos, se habla entonces del factor D (7).

Entre dichos rasgos se identificaron los siguientes: 

  1. Egoísmo: Preocupación excesiva por los propios intereses.
  2. El maquiavelismo: Manipulación, frialdad emocional y mentalidad estratégica en busca de intereses propios.
  3. Ausencia de ética y sentido moral. 
  4. Narcisismo: Admiración excesiva por la propia persona y búsqueda continuada del propio beneficio.
  5. Derecho psicológico: Convicción por la cual una persona se siente merecedora de más derechos y concesiones que los demás.
  6. Psicopatía: Déficit afectivo, baja empatía, insensibilidad, tendencia a la mentira, impulsividad.
  7. Sadismo: Comportamientos donde no se duda en infligir dolor a los demás mediante cualquier tipo de agresión, ya sea sexual o psicológico. Estos actos, además, les genera placer y sensación de dominio.
  8. Interés social y material: Búsqueda constante de ganancias, ya sean refuerzos sociales, objetos materiales, reconocimiento, éxito, etc. 
  9. Malevolencia: Preferencia por hacer el mal, ya sea mediante la agresión, el abuso, el robo, la humillación, etc. 

Todos estos no son más que factores que promueven y agravan nuestra ya inherente estupidez; de allí la importancia de identificarlos en nosotros mismos y en quienes nos rodean, en gestionarlos, manejarlos y hacer todo lo posible por evitarlos o eliminarlos. 

Como se señaló en un principio, la compasión es clave para evitar la estupidez. Si la estupidez se encuentra tan extendida en nuestra sociedad es porque es escasa la compasión. 

La compasión provee herramientas supremamente valiosas para evitar la estupidez, enriquecer nuestro conocimiento, ejercitar nuestra inteligencia y sentir felicidad. Empezando porque la compasión le permite a uno darse cuenta que todas las personas tenemos problemas y que el mundo no gira alrededor nuestro. Una mala cara, no saludar, un error al manejar o al caminar, un olvido, un comentario, no siempre son expresiones de desprecio, odio o enojo. 

Muchas veces no hay mala intención, simplemente no hay asertividad sino torpeza, preocupación, miedo, tristeza, inseguridad o simple descuido. La compasión permite que evitemos tomar todo personal, una de las principales causas de actos de intolerancia y violencia en nuestra sociedad. De igual forma nos permite ver actitudes despreciables como el racismo, como lo que realmente son: expresión de estupidez e ignorancia.

Empezar a ver como estúpidos los comportamientos que normalmente calificamos como malos nos puede ayudar a llegar a la verdadera raíz del problema: nuestra soberbia, nuestros miedos e inseguridades, nuestros traumas y carencias, nuestra falta de autoestima, de propósito en la vida, de honestidad con nosotros mismos, nuestra incapacidad de apelar a la inteligencia y preferir darle rienda suelta a sentimientos y comportamientos primitivos, destructivos y mediocres. 

Qué importante sería zanjar la discusión clásica sobre si el ser humano es malo por naturaleza o si nace bueno y la sociedad lo corrompe. Reconocer finalmente que no es ni bueno ni malo por naturaleza y que la sociedad no está compuesta por seres de otra especie ni por diablos. El ser humano simplemente es estúpido. Superar esa estupidez no es cuestión de ética o de filantropía, es cada vez más una cuestión de supervivencia, de lograr una existencia humana digna y hacer verdadero uso de eso de lo que tanto presumimos pero que casi siempre brilla por su ausencia: la inteligencia. 

Referencias

1 https://www.urbandictionary.com/define.php?term=Hanlon%27s%20Razor 

2https://quesignificado.com/estupidez/

3 https://definicion.de/maldad/

4 https://definicion.de/inteligencia/ 

5 http://intranet.personeriabogota.gov.co/comunidad/comunicacion-interna/item/307-camus-decia-que-es-insistente-y-einstein-que-es-infinita-la-estupidez-es-mas-peligrosa-que-la-maldad

6 https://psicologiaymente.com/social/experimento-conformidad-asch

7 https://lamenteesmaravillosa.com/el-factor-d-y-los-9-rasgos-que-definen-la-maldad-humana/