La Política, esa completa desconocida

Vivimos en un mundo que se ahoga en tecnología, en redes sociales, en publicaciones, en artículos, en expresiones y en comunicaciones que no comunican nada. El lenguaje, lejos de ser herramienta para expresarnos y entendernos, se ha vuelto herramienta para callarnos, para confundirnos, para enloquecernos. 

Vivimos en la pesadilla de Orwell ilustrada magistralmente en su libro 1984. Vivimos y utilizamos un lenguaje que estrecha el pensamiento, que envenena la razón, que profundiza la tragedia que suele ser la vida en Colombia y en este mundo aciago que como especie humana nos encargamos de crear. Nuestras vidas significan cada vez menos, porque lo que nos decimos ya no representa la realidad, porque nos perdimos en nuestra estupidez, en nuestras propias mentiras, en nuestra miseria y en nuestro afán por hablar aunque no tengamos absolutamente nada inteligente que decir. 

Las redes sociales han potenciado nuestro carácter vocinglero e ignorante. La imbecilidad reina. Ella junto con el fanatismo, la pereza mental y el odio, han hecho la mezcla perfecta para que se digan mentiras monstruosas y muchos sean convencidos.  Las noticias falsas podrán haber inundado las redes pero no son en lo absoluto novedosas. Desde que el ser humano desarrolló el lenguaje ha mentido y ha buscado evadir, maquillar y tergiversar la realidad para conseguir sus casi siempre risibles fines. 

Al ser la comunicación una capacidad que como todas, se desarrolla por la vida con otros, lo que suele pasar es que errores históricos y grotescas falsedades se transmiten entre individuos y entre generaciones, haciendo que los términos se alejen cada vez más de su significado real. 

Lo trágico de todo es que para que nuestro cerebro funcione, requiere de categorías, nombres y definiciones que le permitan elaborar las asociaciones necesarias para comprender y posteriormente poder expresar la realidad que vive y percibe. Sin un desarrollo adecuado del lenguaje, sin un conocimiento de los conceptos que lo componen, el cerebro es una máquina desbaratada. 

Todo esto lo expone impecablemente Orwell en 1984. La importancia que para el régimen totalitario, en el que vivía Winston, tiene la manipulación del lenguaje es total, y lo es porque el mundo en el que vivimos es producto de lo que entre los seres de nuestra misma especie hemos logrado comunicar. Todo lo que decimos, lo que hacemos, todo en lo que creemos, tiene origen en el contenido y la forma en que otros han logrado llegar a nosotros y moldear los pensamientos que tienen lugar en nuestra mente. Es precisamente por esto que señala Orwell: “El poder significa poder sobre el cuerpo humano, pero sobre todo, poder sobre la mente humana.” (1)

Sin tener claridades sobre lo que significan las palabras que utilizamos, somos absolutamente vulnerables a los engaños, a las mentiras, a las tergiversaciones y a nuestra propia ruina como individuos y como humanidad. 

En medio de tanta podredumbre, buscar la verdad y expresarla en los términos en que debe serlo es un acto revolucionario. En un país y en un mundo tan violento, imbuidos de odio y muerte, la verdad va incluso más allá: Termina siendo un acto de amor. 

A lo largo de la historia, hay términos que han sido víctima de toda clase de deformaciones y tergiversaciones, de hacerse una lista de aquellos que más lo han sido, es bastante probable que el término política ocupe los primeros lugares. 

El término política (y especialmente en un país como Colombia) se asocia fácilmente con corrupción, con individuos y clanes parasitarios que viven de la demagogia, de hacer promesas e incumplirlas, de poner sus intereses particulares por encima de los generales, de valerse de su poder para aplastar a los más débiles, de recurrir a traiciones y todo tipo de bajezas, de defecciones descaradas, del todo vale, de la falta de identidad, de la ausencia total de ética; en pocas palabras, se asocia con los perores rasgos de la condición humana. 

Es incalculable el daño que se le ha hecho a un término que en lo absoluto tiene que ver con los aspectos con los que se relaciona. Lo grave del daño, más allá de la connotación peyorativa que adquirió, es el efecto que para nuestra existencia tiene. 

Como un efecto Midas pero al revés, todo lo que toca la política empezó a verse cómo algo que se pudre, que se pervierte y que en últimas, asquea. 

Prueba de eso es ese reclamo estúpido, tan difundido en discusiones, redes sociales, artículos periodísticos y debates en Colombia que pide “no politizar.” Se pide no politizar las marchas, no politizar los temas, no politizar las manifestaciones, no politizar el diálogo, no politizar la realidad. Un completo sin sentido. Quienes piden no politizar son individuos que deben ser compadecidos (si lo hacen por ignorancia) o reprochados (si lo hacen deliberadamente con tal de seguir aportando a la difamación del concepto). Sea cual fuere el caso, el no politizar desconoce la definición propia de política y su existencia intrínseca en todos y cada uno de los fenómenos donde hace presencia más de un ser humano. 

Hannah Arendt lo expresa señalando que: “La política es una necesidad ineludible para la vida humana tanto individual como social. Puesto que el hombre no es autárquico, sino que depende en su existencia de otros, el cuidado de esta debe concernir a todos, sin lo cual, la convivencia se hace imposible.” (2)

La RAE, entre las diversas acepciones que incluye para definir este concepto, tiene la siguiente: “Arte o traza con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado.” (3)

Otra definición elocuente de política señala: “Manera de ejercer el poder con la intención de resolver o minimizar el choque entre los intereses encontrados que se producen dentro de una sociedad.” (4)

Para Aristóteles, la política es la coordinación de muchas acciones y es por ello que requiere tener en cuenta la voluntad de los demás. (5)

La misma Arendt afirma: “La política trata de los diversos, del estar juntos unos con otros (…) La misión y el fin de la política es asegurar la vida en su concepto más amplio. Es ella quien hace posible al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines.” (6)

Por ende, la política es el ejercicio de nuestros derechos, primero como seres humanos, y luego como ciudadanos integrantes de una sociedad, donde se convive con diferentes y donde hay intereses en contraposición. Es por lo tanto fundamental y necesaria para garantizar no sólo nuestra existencia, sino para que logremos hacer con ella lo que nos hemos propuesto como individuos, como comunidades, como naciones y como especie. 

La política, en otras palabras, le da sentido a la vida humana. Nada más y nada menos. 

Para ser comprendida y ejercida de la forma en que es definida, la política precisa ética (coherencia) y conocimiento de las necesidades materiales, físicas, espirituales y trascendentales de las personas con el fin de que sirva para lo que es: Darle dignidad y sentido a la existencia del ser humano. Para ello requiere organizar, y organizar significa priorizar, jerarquizar; de ahí que el poder sea el medio para lograr esa dignidad y ese sentido. 

La política apela al intelecto y a la inteligencia del otro, es por eso que se agota y desaparece totalmente en la violencia y en la coerción. Logra acuerdos a través del convencimiento o la negociación, los cuales sólo pueden alcanzarse por medio de la reflexión, el debate y el discernimiento. 

Requiere que el otro sea visto como un igual en la diferencia, esto quiere decir que se reconoce que igual que yo tiene intereses legítimos y derecho a existir y perseguirlos, aunque estos sean diferentes a los míos. 

Es por esto que lo que hacen los mal llamados políticos en Colombia es todo menos política. Aquí lo que abundan son los politiqueros y la politiquería. 

Cuando el poder empieza a verse como fin y no como medio, la política se vuelve politiquería. De ahí vienen las tiranías, los autoritarismos, los fascismos, los totalitarismos. Todo ese tipo de sistemas se basan en la negación y en la aniquilación de la política. 

Muchos de los que más se esfuerzan en proyectar la política como infausta, son los que más se sirven de su escasez. Porque una sociedad informada e interesada en la política es una que vive para ella misma y no para satisfacer las miserablezas de quienes detentan el poder, que a punta de vileza y de indignidad han logrado conseguir. 

Y es que precisamente la política en Colombia brilla por su ausencia. Y lo hace porque desde todos los niveles de la sociedad se comieron el cuento que lo que hace la gente de “bien” es despreciarla, ignorarla y condenarla cuando la ven surgir o aparece por alguna parte. No es de extrañar que en la última Encuesta Mundial de Valores (7), el 72% de los colombianos afirmaran muy orondos que no están interesados en la política, y de forma grotesca (por decirlo menos) 9 de cada 10 se consideran felices. 

Cómo nos va a extrañar que quienes detentan el poder en el país sean lo peor de nuestra sociedad. En el momento en que los colombianos decidieron desentenderse de la política, permitieron que los peores seres humanos que ha dado esta tierra se hicieran con la organización y jerarquización de los aspectos fundamentales de la vida. 

Ay los colombianos, individuos felices de vivir en el sin sentido; bailando entre los muertos con los asesinos, votando por los corruptos y manteniéndolos, mientras condenan de dientes para afuera a los hampones. 

No por nada Dostoievski, en ese libro excepcional que es Crimen y castigo, señala: “Toda gran inteligencia es sensible al dolor y al sufrimiento. Los verdaderos grandes hombres son los ciudadanos más tristes del mundo.” (8)

Lo que esto demuestra, es que la violencia que nos ha marcado durante toda nuestra existencia como República y aún desde antes, no sólo nos ha vuelto indolentes, nos ha vuelto brutos. 

¿Qué hacer? Lo primero sería devolverle a las palabras su significado. Lo siguiente sería empezar a utilizar el discernimiento del que todos somos capaces, para vivir sin apatía y con empatía, para reivindicar la política y así lograr, que en algún momento, tenga sentido nacer y vivir en Colombia. 

Referencias

(1)  George Orwell. 1984. 1949. 

(2)  Hannah Arendt. Qué es la política. 1993. Paidós. Barcelona. 

(3) https://dle.rae.es/pol%C3%ADtico

(4) https://definicion.de/politica/

 (5) La Política. Aristóteles. Siglo IV a.C. 

(6) Hannah Arendt. Qué es la política. 1993. Paidós. Barcelona. 

(7) https://www.semana.com/nacion/articulo/como-somos-los-colombianos-resultados-de-la-encuesta-mundial-de-valores/647126

(8) Crimen y castigo. Fiodor Dostoievski. 1866. 

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